Dicen que poseo los ojos más tristes y profundos que hayan conocido. Tal vez en ellos se vea un ápice del abismo al que de continuo miro de frente. Si miras mucho tiempo hacia el abismo, él te mirará a ti... o al menos eso decía Nietzche. Sólo puedo decir que la tristeza no es inherente a una mirada, nadie nace con esa expresión de extensa melancolía que inunda hasta los recovecos del silencio. Es más, dicen que la tristeza que los inunda es una bella tristeza, una melancolía reflexiva que evoca a cantar a vidas desgajadas y amores imposibles.
Yo sólo puedo decir, al no poder ver nunca mis ojos, a los que los miren, a dónde siempre he mirado: siempre he mirado, enamorado, la belleza del Mundo, y siempre he vuelto la cabeza y nunca he encontrado a nadie a quien cantarla. Tal vez por ello mis ojos recuerden a una aurora o a un ocaso, que pese a tener siempre tanto público potencial, luego ¿quién se para a verlos?.
Yo nunca he pedido un alma de poeta, yo nunca he pedido a la Soledad de lacerante compañera, yo nunca pedí sentir...y, sin embargo, sentir coarta mi libertad de no poder elegir desterrarla. Nunca pedí acariciar aire con las manos y sólo recibir el beso de la Soledad en el aire gélido tras mi ventana...¡si hasta la Soledad ya tiene el cuerpo voluptuoso de mi guitarra!
Tal vez sea cierto, y tenga una mirada oscura y profunda, que os grita: "albergo un alma y estoy orgulloso de guardarla". Orgulloso sí, pero de tanto encerrarla ya me pesa hasta el aliento. Y es que hasta los que hoy dicen guardar la poesía están manchados de la hipocresía del concurso, el galardón y el currículum.domingo, 19 de julio de 2009
CON PLUMA AJENA: PEDRO DÁVILA VALVERDE
Dicen que poseo los ojos más tristes y profundos que hayan conocido. Tal vez en ellos se vea un ápice del abismo al que de continuo miro de frente. Si miras mucho tiempo hacia el abismo, él te mirará a ti... o al menos eso decía Nietzche. Sólo puedo decir que la tristeza no es inherente a una mirada, nadie nace con esa expresión de extensa melancolía que inunda hasta los recovecos del silencio. Es más, dicen que la tristeza que los inunda es una bella tristeza, una melancolía reflexiva que evoca a cantar a vidas desgajadas y amores imposibles.
Yo sólo puedo decir, al no poder ver nunca mis ojos, a los que los miren, a dónde siempre he mirado: siempre he mirado, enamorado, la belleza del Mundo, y siempre he vuelto la cabeza y nunca he encontrado a nadie a quien cantarla. Tal vez por ello mis ojos recuerden a una aurora o a un ocaso, que pese a tener siempre tanto público potencial, luego ¿quién se para a verlos?.
Yo nunca he pedido un alma de poeta, yo nunca he pedido a la Soledad de lacerante compañera, yo nunca pedí sentir...y, sin embargo, sentir coarta mi libertad de no poder elegir desterrarla. Nunca pedí acariciar aire con las manos y sólo recibir el beso de la Soledad en el aire gélido tras mi ventana...¡si hasta la Soledad ya tiene el cuerpo voluptuoso de mi guitarra!
Tal vez sea cierto, y tenga una mirada oscura y profunda, que os grita: "albergo un alma y estoy orgulloso de guardarla". Orgulloso sí, pero de tanto encerrarla ya me pesa hasta el aliento. Y es que hasta los que hoy dicen guardar la poesía están manchados de la hipocresía del concurso, el galardón y el currículum.jueves, 16 de julio de 2009
CON PLUMA AJENA: RAMÓN MARCOS
En la calle Serrano de Madrid, mientras la levantan a mayor gloria del plan E y para sufrimiento de cuantos, por trabajo u otros motivos, tenemos que recorrerla de forma habitual, se ha encontrado una parte de los restos de la cerca de Felipe IV. Esta cerca circundaba antaño el Madrid de los Austrias. Y aún queda de ella, en excelente estado de conservación, un fragmento situado en uno de los enclaves cruciales de la historia de la ciudad, entre el Palacio Real y el templo de San Francisco el Grande. Ahora en peligro de destrucción, por la aprobación por el Ayuntamiento de Madrid, con el dictamen favorable de esa Comunidad, de una modificación puntual del Plan General de Ordenación Urbana de Madrid. Que permitirá a la iglesia la construcción de un “minivaticano” en uno de los paisajes más significativos y presentes en la memoria de la ciudad. Una obra que de hacerse afectará a los jardines del Seminario Conciliar y del Parque de la Cornisa, que han sido descatalogados sin motivación por ese acuerdo, y que destruirá los más importantes lienzos de la Real Cerca de Felipe IV (monumento declarado bien de interés cultural) y de todo el conjunto de tapias antiguas de los siglos XVIII y XIX. Lo que supondrá la pérdida irreparable de elementos de altísimo valor histórico, paisajístico y urbanístico, cuya silueta, prolongando la del Palacio Real y la Catedral de la Almudena, es en la actualidad una de las pocas señas de identidad que unen la ciudad antigua con la urbe del siglo XXI.
Así, mientras en la calle Serrano nos aferramos a conservar las piedras que servían de base al tramo de cerca que pasaba por esa zona, el Ayuntamiento con la aquiescencia de la Comunidad no tiene empacho en mandar a la ruina la única parte de la cerca que queda en pie. Quizás con el propósito de que décadas después otras obras de remodelación de esta misma ciudad, que se pretende nueva siempre y ante todo ajena a su historia, saquen a la luz las pocas piedras que se conserven tras ahora consumarse su derribo. Esta cínica actitud demuestra de nuevo que en Madrid, por no decir en España, se anteponen los intereses económicos y de los grupos de presión sobre otros: los de los ciudadanos, los de la conservación del paisaje y la belleza de nuestras ciudades. Atropello que sucede con la aquiescencia de municipios y comunidades, más interesadas en el beneficio que les puede suponer a corto plazo una recalificación urbanística que en el ejercicio de sus competencias al servicio del interés público. Claro que todavía se puede pensar que el Estado, en el ejercicio de sus competencias -el artículo 149.1 28ª de la Constitución dice que tiene la competencia exclusiva sobre “la defensa del patrimonio cultural, artístico y monumental español contra la exportación y la expoliación (….)”-, evitará que se expolien esos bienes de interés cultural y que se consume la destrucción de una de las zonas más hermosas de Madrid.
miércoles, 15 de julio de 2009
Reflexiones: EL CAPOTE DE DON ERNESTO
Al cumplirse recientemente cincuenta años de la última visita, ya con el Premio Nobel bajo el brazo, de Ernest Hemingway a los Sanfermines de Pamplona vuelve a resonar afortunadamente su nombre no solo por los rincones de aquella bella ciudad sino también en los medios de comunicación españoles.
Nadie, a estas alturas, puede negar que gracias a él las afamadas fiestas navarras, y con ellas sus encierros, son más conocidas internacionalmente, ni cabe restar la resonancia que, indirectamente y de esta forma, se puede dar a su obra periodística y literaria.
Por ello, no deseo despistar en exceso al lector con el título de esta reflexión así que desvelaré desde este momento que el capote al que me refiero no es el de San Fermín, ni mucho menos aquel utilizado en lides de tauromaquia sino otro que considero más importante para todos nosotros y que refiere a la publicidad más allá de nuestras fronteras que el genial autor ha dado (y proporciona todavía) a la sociedad, las costumbres, la historia o los lugares de España. Seguramente, gracias a él y a su legado somos un poco más conocidos y es probable que, debido a sus fenomenales libros y artículos muchas personas hayan descubierto que esta amada tierra nuestra no es una prolongación física de África (sin ánimo de ofender). Así que, aunque solo sea por este hecho pienso que aquí no se ha aplicado toda la justicia que se debe con Ernest Hemingway.
Personalmente, el magnífico autor ocupa de manera permanente una habitación intemporal en mi alma curiosa, con él como protagonista he disfrutado no solo de magnificas lecturas, sino de diferentes conversaciones con amigos y desconocidos, con escritores y lectores o con veteranos de la guerra civil. Y ahora, aquí, sentado frente a una hermosa mañana que explota en estío, vienen a mi memoria recuerdos de las tardes de Feria (del Libro) con mi querido y admirado periodista, cronista parlamentario y escritor Luis Carandell, con quien tuve el placer de cambiar impresiones no solo de política, de Madrid y sus ocultas leyendas o de libros sino también del escritor norteamericano. En mi cabeza se mezcla también el recuerdo entrañable de otro día, calurosa tarde como esta, con Fernando Vizcaíno Casas. Nunca olvidaré su voz mientras hablábamos sobre Hemingway y otras épocas o sobre la calidad de los escritores que despuntaban entonces mientras él, con su trazo maestro y aprendido me dibujaba en un posavasos blanco su propio retrato de cuatro trazadas limpias.
Pero no solo fueron ellos. Entre otras muchas hay también un par de conversaciones sobre este autor que recuerdo de forma nítida y con personas sin fama alguna ni, en su grandeza, necesidad de ella. Una era veterana de la guerra, nuestra guerra, y según me relató desde la distancia que permite el tiempo, logró ver al escritor norteamericano en dos ocasiones y en un corto espacio de tiempo; fue en el Madrid casi sitiado. Con las arrugas cuarteando su cara, aquel hombre experimentado me iniciaba en la narración dibujando las escenas con sus manos comidas de reuma. La primera vez que creyó verlo sucedió en el barrio de La Moncloa, estaba seguro que era él... -¡y hablaba inglés!- me decía apuntando con su dedo índice al cielo como señal de firmeza.
La segunda en la Avenida de los obuses, la Gran Vía, y acompañado según me contaba, de otra persona de aspecto muy joven y como extranjero. El correr de los años y el interés por seguir los pasos de Hemingway por España me hizo pensar que efectivamente pudo verle en ambos escenarios. De hecho creo recordar vagamente una reseña que Arturo Barea hizo en alguna de sus obras a este respecto, al ir y venir de corresponsales en los hoteles de la Gran Vía y a él entre ellos. Igualmente es probable haberlo visto en La Moncloa y el frente de Ciudad Universitaria pues de hecho el cronista americano relató algunos pormenores del intento de ruptura en el cuello de cuña de los sublevados que se formaba desde el paseo de Extremadura hasta la carretera de La Coruña para relajar la tensión sobre el sitio de Madrid. Respecto a quien lo acompañaba nunca podremos saberlo si bien se pueden intuir varios nombres... Sidney Franklin, el periodista, Joris Ivens, el camarógrafo, John Ferno, un operador o Henry Gorrell, su amigo y corresponsal de United Press.
La otra conversación, tan diferente como la noche y el día, tenía un completo trasfondo social muy marcado por la época de Hemingway y como relatora a una bellísima y enigmática mujer norteamericana; un extraño coctel de fantasiosa aspirante a Miss Alice Griffith, Condesa de Romanones, oficial de la CIA (ex-OSS)... la espía que vestía de rojo (o eso dice ella aunque personalmente dudo mucho de su historial de James Bond) y de protagonista de La tesis de Nancy (Ramón J. Sender).
Coincidimos una noche para perderse en La Latina de Madrid y jamás volví a saber de ella, ¡hace demasiados años de aquello!. Desde el principio me sorprendió su profundo conocimiento sobre el escritor americano y, sobretodo, la manera de hablar acerca de su mentalidad, los detalles cuasi personales, todo como si realmente le hubiese conocido e incluso, en un momento, se quedó callada, pensativa, dando vueltas a un vaso de cerveza y bajo la luz de unas lámparas de diseño para concluir con un comentario que se inició con un familiar -Es que Ernesto-...
Hoy, con todo este tiempo a nuestras espaldas, sin duda me arrepiento de haber sido educado en exceso tanto como para no preguntar más cosas a todos ellos. Ahora solo quedan los recuerdos que rebrotan en esta mañana entre las plantas del jardín. Y al final, para algunos, de todo ello solo permanece la memoria en las paredes de bares taurinos, fotografías admiradas como reliquias, o las leyendas que se guardan en el Ritz o el Palace, o las esencias embotelladas entre pañoletas rojas y pitones, que recorren las calles de Pamplona, en La Perla o cualquier otro lugar por el que deambuló Don Ernesto, como dicen que le llamaban sus más allegados en España. Por supuesto quedan sus crónicas, sus libros, multitud de ellos, y la memoria hablada de algunos supervivientes.
Todavía, con un libro suyo entre mis manos, me agrada reconocer que Hemingway cautivo estas cuadernas desde que tengo recuerdo de las primeras lecturas adultas. Mi mente, veinte años después, intenta discernir si primero cayó en mis manos Adiós a las armas o Por quién doblan las campanas, fenomenal e inolvidable texto que tiene como telón de fondo nuestra guerra civil desde los ojos del dinamitero Robert Jordan.
El libro de crónicas en cuestión fue publicado en España por la editorial Planeta con la sabia elección para la portada de una famosa fotografía cuyo autor es Robert Capa y en la que aparece Hemingway manipulando un fusil junto a un soldado. Es curioso saber que los derechos para la publicación en el extranjero (originariamente se publicó en EEUU) no fueron cedidos por su viuda, Mary Hemingway, hasta 1962, casi 25 años después. Como curioso resulta saber que los textos que recoge son los originales que el autor redactó en su época de corresponsal en España. Y digo esto porque las crónicas que remitía a NANA (Nort American Newspaper Alliance) para su publicación en Estados Unidos eran transcritas de manera... ¿incorrecta, manipulada o adulterada? por lo que aquella esencia pura se perdía en los despachos de los editores americanos.
Todas ellas corresponden justamente a uno de los periodos más interesantes de la Guerra Civil española, el que comprende desde la primavera del 37 hasta el verano del 38, recogiendo momentos tan destacados como la ofensiva de Guadalajara por ejemplo. Así, crónica tras crónica, encontramos a un Hemingway descriptivo pero generalista, que sabe transmitir los estados de ánimo de los beligerantes si bien se observa cierto aspecto despistado a la hora de narrar las ubicaciones y áreas donde transcurren en muchos casos los hechos. Esto debe ser entendido en el contexto del momento, la censura en época de guerra suele ocupar cotas especialmente importantes, basta con seguir la obra del mencionado Arturo Barea para comprender este aspecto un poco más.
Y ahora, querido y ávido lector, llegados al final solo me queda recordar que en cada palabra, en cada obra de E. Hemingway se destila el aroma de una época, de una forma de vida, de un suspiro que como tal pasa pero mientras está debe ser disfrutado en cada hoja y cada palabra como se bebe la vida a cada momento porque, aunque jamás lo debas preguntar (nunca hagas preguntar) tampoco se ha de olvidar... por quién doblan las campanas... ¡doblan por ti!, y por mí, por cada uno de nosotros.CON PLUMA AJENA: LEÓN ARSENAL
Fascina pero no para bien pasear por Madrid con las manos en los bolsillos y tiempo por delante. En esas condiciones, si uno va mirando, no deja de toparse de continuo con locales recién cerrados y carteles de Se Vende o Se Alquila. Toda clase de comercios han ido echando el cierre a lo largo de este malhadado año. No deja uno de pensar qué galería de fotos de proyectos truncados harían esos escaparates vacíos con sus letreros de Se Alquila. Tiendas de móviles, fruterías, restaurantes...
El otro día reparé en uno en concreto. Un concesionario de coches en la calle López de Hoyos. Pasé en el autobús y me di cuenta de que ya no estaba. Que ya sólo era un local diáfano, de pilares vistos. Ya no había coches, ni letreros. Sólo el manido cartel de… Se Alquila.
Ocurre que conozco ese concesionario de toda la vida. Bueno, es un decir. Pero estuvo ahí desde que yo recuerde. Me parece que cambió alguna vez de marca de coches. Pero ahí estaba. Tengo la lejana impresión de que, de hecho, se abrió con la Transición. Ha sobrevivido a varias crisis pero, por lo visto, no a ésta. Y no sólo a crisis. Allá por el 78, una banda de críos jugando a los revolucionarios rompieron un cristal y lanzaron dentro un cóctel molotov. En esos tiempos, pasaban con frecuencia esas cosas.
El caso es que se le acabó el fuelle, puede que como al régimen creado por la Transición. De todo ese local inmenso, lleno de vehículos relucientes, ya sólo quedan suelos y paredes desnudas. Un espacio vacío.jueves, 25 de junio de 2009
UNA NARRACIÓN: HABLANDO DEL VIAJERO…
Los países de las riberas mediterráneas exhalan una hermosa luz que se queda grabada para siempre, como llama la atención el tráfico desorganizado y las riadas de gente que van de acá para allá. Algunas cosas tan sencillas como estas son las que sorprenden al viajero, pero aquel lugar estaba de paso, allí debía esperar hasta transbordar en otro avión que le llevase a su destino final. Había fachadas, tan curiosas como desvencijadas, en las que colgaban altavoces que emitían incesantemente mensajes desconocidos que el viajero supuso serían religiosos. Así, y entre tanta gente, caminó con tan solo una pequeña mochila y una bolsa negra de mano como equipaje, fijando su mirada en lugares que llamasen su atención tanto como para recordarlos por si se perdía. Se zambulló en una ciudad desconocida para él, buscó un lugar donde tomar té y relajar los tensionados músculos, su cabeza le pesaba y los párpados intentaban cerrarse ante un sol que penetraba por las callejas hasta romper sobre el bullicio de gente. Algo desorientado se detuvo ante las pequeñas tiendas, unas cargadas de especias en saco, de frutos secos y aceitunas, otras con quincalla, shishas o juegos para tomar té, las que más aparecían ante él cargadas de ropa que colgaba por cualquier resquicio mientras en una de aquellas un joven hacía un tatuaje de jena a una chica aparentemente occidental. Dejando atrás un puesto tras otro siguió caminando hasta encontrar un lugar en el que hacer tiempo y leer el mismo periódico por tercera vez. Pasadas las tres de la tarde alguien se sentó junto a él, era una figura corpulenta y con aspecto igualmente occidental que tardó poco en entablar conversación con el viajero… sencillamente le esperaban.
Mientras se duchaba maldecía por no dar con las noticias de España, tan solo había música y a ratos lo que parecía el servicio exterior de la BBC, nada de Radio Exterior de España. De nuevo en la habitación, pensando en prepararse para la cena, escuchaba música clásica que había traído desde Madrid y con una botella de medio litro de cerveza fría y alemana en la mano salió fuera para respirar ese extraño aroma puro e indescriptible que le acompañaba desde su llegada. Apoyado en la terraza veía lenguas de arena lisa y soledad, palmeras explotando de frondosidad y silencio y, sobre todo ello, el sol poniéndose sobre una duna. El viajero, pienso ahora, se encontraba bien, quizás se sentía extraño y desconcertado pero tranquilo de estar… en un lugar que hacía tiempo sentía especialmente suyo. Allí esperaría a un buen amigo…jueves, 18 de junio de 2009
RELEXIÓN: SILENCIOS
martes, 16 de junio de 2009
NARRACIÓN CORTA: VIVIR Y MORIR EN ORIENTE MEDIO
Fathi conduce con pericia entre escombros y gente, pienso en él y en que es un gran tipo. Tan misterioso como el día en que apareció en mi vida y tanto como el nexo de unión que hasta hoy nos ha acompañado. Juntos nos hemos cuidamos en esta, y de esta, maravillosa y desangrada región donde "nada" es lo común y un buen amigo lo es todo.
El tráfico por los caminos de tierra se hace más insoportable, cada pocos metros debemos sortear controles con guardias muy nerviosos o gente que aparece por cualquier rincón. El vehículo sobrepasó a un crio que lloraba solo al borde de la carretera, miraba el cadáver de un hombre joven tendido sobre su mula, la sangre se ha mezclado y se acumula bajo ellos, de nuevo suenan detonaciones que parecen provenir de obuses autopropulsados. Es extraño, aquí no deberían estar, pero observo pequeñas columnas de humo que surgen hasta el cielo entre los olivos que dejamos a la izquierda, ¡esa debe ser la ubicación de la artillería!.
Ha dejado de llover y el sol pelea por salir encima de nosotros, superpuesto a la desolación. Un grupo de chavales ataviados como guerrilleros nos saludan sobre un montículo con el brazo en alto, gritan una y otra vez "¡Alá akbar, Alá akbar!" (Allah(u) Akbar).
Mirando al horizonte de la carretera, el cronista se quedó dormido mientras Fathi soportaba los trompicones del todoterreno y se aferraba fuerte al volante. A ratos perdía la mirada en la cara de su amigo y le veía dormir tranquilo. Un aroma muy intenso a mar había penetrado tierra adentro y barría los campos grises y los olivos desgarrados, los pilares de casas destruidas o la cara de los que huían, pero Fathi no podía detenerse para contemplarlo hasta llegar a su destino. Apenas una hora después así lo hicieron con el polvo del camino todavía en la boca y el olor a explosivos flotando en el aire.
Aún no se había disipado el polvo alrededor del coche cuando una persona se acercó al vehículo. Aparentaba esperarles aunque no habían anunciado su llegada, enseguida se presentó como asesor privado y añadió que también era un pequeño empresario exportador. Su acento era inconfundiblemente del sur de Estados Unidos, ¡Dios mío!, quizás nos vio cara de tontos... Dijo pertenecer a una empresa europea que preparaba un reportaje sobre la vida de los combatientes... ¡todo inconexo!.
Soy Fathi y soy árabe, jamás había visto a mi amigo como lo encontré aquel día... miraba detenidamente cada fotografía en la lejanía, como si estuviese viendo algo diferente a lo que yo veía, parecía una bolsa de premoniciones a punto de explotar. Ahora sé lo que veía pero entonces no podía ni imaginarlo.
Al atardecer, a la hora de los mosquitos, solo algunas horas después de llegar, salimos acompañando a un pelotón de hombres que aparentaban ser equipos especiales. Les habíamos visto durante la comida, sus ojos estaban grabados en mis retinas, todos uniformados de oscuro y con esa mirada que solo el que lleva tanto combatiendo tiene. Les habíamos visto enfundarse los pasamontañas, quitarse brillos y cualquier insignia que los delatase... y aquello creo que nos abrió los ojos a los dos, pero ya era tarde. Para entonces caímos en la cuenta que habíamos iniciado el viaje sin retorno. Tan solo tardamos unos minutos en sentir que estábamos al otro lado de las líneas. Hacia poniente, en dirección al mar, escuchábamos disparos y mas detonaciones, eran muy continuos, alguien se la jugaba cerca de un pequeño arroyo, entre los árboles que se alineaban en su cauce.
Sin petos de prensa, vestidos de civiles, junto a una unidad militar sin identificar y aturdidos por los disparos apenas recuerdo lo que pasó después, además, las paredes blancas de este hospital me impiden concentrarme. Estoy agarrotado y me duele mucho la cabeza, me siento comprimido por las vendas que recubren mi cuerpo, aunque ya he visto que me falta una pierna la siento palpitar tanto como me duele el pecho al respirar. Me acuerdo vagamente que el combate se extendió prácticamente hasta donde nosotros nos encontrábamos, de repente alguien desde atras comenzó a disparar también y al minuto nos encontramos en medio de una refriega. Sentía como las granadas de un RPG ruso comenzaban a explotar entorno nuestro. Todos los que nos acompañaban se replegaron velozmente, a nosotros nos engancharon por el cuello y nos comenzaron a sacar a rastras de allí.
Parecía el momento más duro del combate pero eso estaba por llegar cuando una granada explotó entre mi amigo y yo... Todo se volvió silencio y pitidos, pero aún así le estuve buscando hasta que entre el humo y el olor a explosión lo pude ver completamente aturdido y con un agujero de cinco centímetros en el pecho, no hablaba, solo jadeaba y expulsaba sangre a borbotones. Tardó pocos segundos, -¡al final, me quedo... por aquí!- dijo entre susurros y murió.
Hoy sé que veía entonces, veía la muerte con los billetes de vuelta a casa en la mano, intuía cosas que solo algunos, los que llevan demasiado en la brecha, pueden distinguir... supo que iba a morir allí, tan solo buscaba el lugar y un cielo tan luminoso como el de Oriente Medio.lunes, 15 de junio de 2009
POLÍTICA INTERNACIONAL: ¿QUE SUCEDE EN IRÁN?
Entonces, a la espera de las posturas internacionales, cabe prever en la inmediatez, que la Unión Europea no adoptará grandes decisiones, Francia, al margen, debe capitanear una postura oficial a caballo de sus intereses, de los del Viejo Continente y de acuerdos con otros países. Estados Unidos jugará a doble carta, esto es, mientras figuras como por ejemplo Biden se acercan a la figura dura de la película la Secretaria de Estado Hilary Clinton debe jugar su papel diplomático (que no cortesano) y dar una de cal y otra de arena. Mientras tanto el ciudadano de a pie asiste a desde casa y una vez más al recalentamiento de un foco geoestratégico de dimensiones descomunales si tenemos en cuenta quienes son los vecinos de Irán... Afganistán, Irak, Pakistán, Turquía, Armenia, Azerbaiyán, etc...
Otra de las cuantificaciones que se deben manejar en estos casos es que Irán, con setenta millones de habitantes, tiene una importante bolsa de gente joven con un buen nivel cultural, que entienden sobre nuevas tecnologías y muchos de los cuales han salido o residen en el extranjero. Sencillamente hablamos sobre perfiles de personas que no desean por más tiempo lo que han visto hasta hoy, que reclaman una necesaria modernización basada en conceptos totalmente diferentes a los que se alimentan en Irán.
Con esos nuevos conceptos que a pesar de todo han logrado penetrar en el "viejo" Irán, la necesidad de adaptación se hace imprescindible mientras el vaso no esté desbordado. Después, debido a la atracción internacional que el gobierno desea evitar a toda costa y a otros factores, llega un clímax que resulta más beligerante y que puede ser este al que nos enfrentamos. O... puede tratarse tan solo de una movilización avocada al fracaso físico pero faro de aviso en adelante a los dirigentes iraníes y al presidente Ahmadineyad.
Éste, sumido en el aumento de la radicalidad internacional que se reflejaba estos días pasados ha descuidado la atención interna por donde la oposición ha visto una pequeña grieta para intentar colarse, ¡el peligro lo tienen tabién dentro!.
miércoles, 10 de junio de 2009
REFLEXIONES: LUCES, SOMBRAS, TRENES Y ESTACIONES
Y entonces reflexiono, como siempre se debe hacer aunque sea contradictorio con los saltos a la nada, y veo amanecer fuera mientras mi vagón sigue oscuro. Entonces deseo respirar y ver esa luz, reciclar el oxígeno sin andamios ni sujeciones, sin hilos y con vacio. Entonces el viajero descubre que todo esto no es una chifladura sino una necesidad que todos sentimos alguna vez en la vida... dejarse caer al vacío sin saber si debajo hay dos metros o doscientos.
Al final, si el viajero se para a pensar descubre que todos lo somos de alguna manera porque todos necesitamos hacerlo, y la luz se apaga después de esperar demasiados parpadeos a que el vagón se ilumine. Sin ninguna referencia es momento de levantarse para salir de la oscuridad, asustado, palpando y tropezando cien veces hasta llegar a la puerta, a la luz del amanecer, al reseteo de mi ordenador, al silencio buscado y al salto sin hilos.
Es cuestión de paciencia y tiempo encontrar una estación...lunes, 25 de mayo de 2009
NARRATIVA PROPIA: LA BATALLA, UN RELATO CORTO o cómo...
arçon, también llamado el trapero, era un joven vagabundo que solía dormir al raso y comer de lo que rapiñaba entre las sombras. Sus ropas estaban roídas y su cuerpo, enllagado de inmundicia, desprendía un tan fuerte como desagradable. Solía caminar solo por los senderos de las montañas y bajar de noche a las aldeas para robar comida. Pero aquel amanecer tan frío permaneció escondido entre la maleza de las tierras más altas, temblando y helado por el rocío.
Cuando despertó, tembloroso y aterido, su corazón se sobresaltó al descubrir una escena como nunca hubiera imaginado. Decenas de hogueras cubrían el valle y las laderas entre columnas de vapor que ascendían desde las copas de los árboles. Entonces aún no reaccionaba mas pensó que ni las fogatas encendidas durante la noche a la largo de horizonte servían apenas para calentarse. Todas ellas, solitarias y dispersas por doquier, habían producido probablemente el pretendido miedo espectral y psicológico acuciado en el enemigo durante las horas de oscuridad.
El trapero permaneció agazapado observando mientras el tiempo pasaba y ahora el sol de invierno refulgía ya en las armaduras como pocas veces él recordaba haber visto. El valle a sus pies se había transformado en un campo de batalla. Enjambres de soldados de infantería, puntas de picas que bailaban al cielo, caballeros todavía erguidos y caballos que relinchaban o corrían de aquí para allá medio asfixiados. La terrorífica imagen describía una explanada rodeada de bosques en la cual un poderoso ejército se ordenaba donde quiera que la vista era posada. Huestes con la moral muy alta que aparecían y desaparecían entre las nubes de polvo que levantaban los cascos de los caballos.
Hoy, tanto tiempo después de sucedido todo, el recuerdo de aquel día de armas humedece con lagrimas de sangre y tristeza la memoria de los que sobrevivieron. Sin saberlo, Garçon asistió desde la ladera a la batalla más terrible que jamás había visto un ser humano. Quizás ese suceso cambió para siempre el mundo tal y como se conocía y los hombres se vieron inmersos en la más terrorífica de las batallas que Europa, decadente y enferma, corroída de ambiciones de poder, conoció jamás.
Los señores daban órdenes y peleaban los mas bravos en el centro del combate mientras cientos de pendones y estandartes ondeaban pulcros al viento con sus llamativos colores.

jueves, 21 de mayo de 2009
REFLEXIONES: LA PROFESIÓN DE ESPÍA
Tuve un gran amigo que logró dejarme huella, uno de los de verdad, uno al que apreciaba de corazón y al que respetaba sobremanera mientras absorbía como una esponja cualquier conversación, cualquier gesto... Tuve un amigo que lo pasó muy mal por correr demasiado en la vida, o quizás porque fue lo que le tocó vivir, aunque el paso del tiempo me demuestre que quizás esa era la lección más importante que deseaba enseñarme y yo no la aprendí.
Recuerdo con absoluta nitidez, tal y como si hubieran ocurrido ayer, los largos paseos matinales por El Retiro, a veces en días de diario pero casi siempre en domingos por la mañana. Este pequeño matiz llamaba entonces poderosamente mi atención, su preferencia por los lugares abiertos, llenos de gente y a horas de multitud. Creo que fue entonces cuando comencé a equivocarme, la percepción falló al querer entender que aquello no era más que una acción refleja que soliviantaba la necesidad por apartarse de la soledad que yo intuía en su vida... ¡nada más equivocado!. Sencillamente era un jubilado de la Vieja Escuela.
Nuestra amistad no venía de muchos años atrás pero las circunstancias que ambos compartimos durante unos meses muy duros, duros de verdad, fortaleció la excelente relación que a posteriori marcó nuestro trato. Aquellas fueron jornadas en las que el día resultaba igual que la noche y había momentos en que la paciencia se vendía cara por las esquinas.
Siempre he pensado que ese período resultó ser la pieza que tanto nos unió, los acontecimientos de la vida forman extraños lazos. Demasiadas horas (que junto a él nunca lo eran) compartidas dejan un poso asentado en medio de tanta vanalidad. ¡Siempre tenía tema de conversación!... la arqueología en el Oriente Medio o la vida en aquella zona, la literatura contemporánea o los viajes, la política internacional o la de España... eran muchos los temas sobre los que atesoraba un profundo conocimiento que se reflejaba en los diálogos que manteníamos.
Sus viejas cuadernas marcadas por la edad y los sobresaltos le habían movido a través del mundo teniendo la oportunidad de conocer a mucha gente importante, de trabajar junto a ellos. Escucharle hablar significaba perder la noción del tiempo mientras yo acumulaba dudas y preguntas en mi mente a la espera de encontrar el momento para intervenir, a veces lo observaba entre silencios... estaba pensativo, con la mirada perdida bajo su porte de abuelo canoso, de persona entrada en edad que le dotaba de un efecto visual óptimo: apacible, entrañable, experimentado, respetuoso y siempre discreto. Poseía el extraño don de la permanente inquietud por el conocimiento. Deseaba seguir descubriendo cosas y así llegué a descubrir yo que (como dijo aquel) un espía jamás se jubila, nunca deja de serlo por muchos años que pasen.
Día a día los lazos se reforzaban y durante el tiempo que ambos compartimos llegue a descubrir mundos que para mí quizás solo quedaban en las hojas de un libro o en las escenas de una película. Aún no he logrado percatarme de en qué momento cambió todo excepto nuestra amistad, sin embargo recuerdo el día en que comencé a preocuparme. En aquella ocasión, frente a mí no estaba mi buen amigo sino alguien devorado por la fenomenal intuición que poseía, a la cual sin quererlo había sobredimensionado aunque fuese la misma que a veces nos advierte de los peligros. Sin duda sentía como se apagaba, como ya no era más que una sombra que sentía la necesidad de hablarme tal cual lo hizo aquel día. Ante mi pasaban episodios de la historia contemporánea, protagonistas de fabulosos sucesos, realidades de diferentes lugares que no paran de sangrar. Justo delante había un hombre con demasiada vida que probablemente se consumía dolido por cómo ésta lo había tratado, consciente que se había adaptado como un camaleón a un nuevo entorno sin cerrar puertas del pasado, ocultando para siempre o hasta aquel instante, todo lo que deseaba olvidar. Sencillamente era un hombre triste que había vivido épocas de grandeza, que otrora fuese alguien y hoy no era más que un abuelo cuasi exiliado con las mismas necesidades que cualquier ser humano pero con una carga sentimental y de conocimientos como solo las grandes figuras que proceden de un mundo ajeno al del resto de los mortales pueden atesorar. Yo no corroboré todas las historias que me contaba, simplemente el tiempo lo demostró, sin embargo y en estas un servidor acabó aprendiendo la vieja técnica de los relatos en tercera persona, sean del singular o del plural...
Recuerdo aquella mañana de café en que le pregunté por su aspecto cansino. Hacía un tiempo que me preocupaba e intentaba pasar el mayor tiempo posible junto a él. Con sus ojos clavados en mí comentó que no dormía bien, que se despertaba a menudo y permanecía así, en silencio, largo rato. Teníamos un lenguaje particular (que habíamos desarrollado involuntariamente a lo largo del tiempo) basado en determinadas frases y silencios, en palabras y miradas y en esos momentos lo desplegaba completamente para contarme pasajes de su vida en los que recordaba a la gente que había conocido. Me sorprendió tanto que lo hiciese de una forma directa, concreta y tan rica en datos que tardé un tiempo en percatarme que eso solo lo conoce alguien que ciertamente estuvo en los círculos más íntimos. Y así, entre silencios y cruces tristes de miradas que para él presagiaban la despedida, saltaba de tema en la conversación y pasaba a hablar de dolencias y males. La enfermedad que le comía era otro de sus grandes secretos, yo lo sabía pero entonces desconocía lo avanzada que se encontraba.
Así pues, tras despedirnos me marché preocupado y sin atisbar la gravedad de su estado, mi mente estaba en otros asuntos, en pocos días debía viajar a varios sitios por motivos de trabajo y estimaba que no nos volveríamos a ver hasta mi vuelta, más de un mes después.
Durante el tiempo que transcurrió entre los viajes no pude contactar con él hasta aquella fatídica mañana en que yo regresaba de Cartagena y mi madre, que lo conocía, me comunicó que había muerto. Ella era consciente absolutamente de los fuertes lazos que nos unían, intuía que yo no debía encajar solo un golpe tan duro y en compañía de un buen amigo mío, uno de los mejores, ambos no se separaron de mi lado en aquella jornada de lágrimas. Después supe que, durante los últimos días de vida de mi amigo, sus familiares intentaron contactar conmigo... hoy ya no recuerdo si fue su esposa o su hijo quien me comentó que hasta el último suspiro preguntó por mi y que estuve en sus últimos pensamientos y eso... marca.
Rompí a llorar como solo le he hecho en contadas ocasiones, salí a la calle, camine por El Retiro solo, me senté en la mesa que solíamos ocupar en la cervecería y bebí por un amigo. De alguna manera decidí dejar correr la vida para llevarle en mi memoria tal cual era. Tras aquella ocasión jamás he vuelto a ver a su familia, tan solo guardé algunas notas suyas, con su letra y un frío papel que me recordaba el lugar donde estaba enterrado.
Los años llegan a "tapar" los sinsabores pero las cicatrices son marcas que permanecen para siempre y ahora lo recuerdo entre sonrisas, con esa mirada que tenía... lo veo sentado frente a mí contándome como, por ejemplo, en una ocasión salió de su país huyendo con su familia en un coche cargado hasta los topes... ¡de libros!. Dejó todo lo que tenía valor (que sin duda necesitaría para comenzar una nueva vida) por... libros y así se salvo cruzando la frontera.
¡Hubo tantas cosas que aprendí de él!... Desde entonces lo sencillo tiene más valor y los malos momentos no lo son tanto. Quizás también desde entonces he aprendido a encajar con buen humor el mal que otros me puedan provocar, a perseverar en el diálogo o dosificar la resistencia personal, a ser paciente con los que no lo son y en definitiva... a ser un poco más humano. Sinceramente, con el corazón agarrotado por los recuerdos que se agolpan ahora en mi cabeza, todavía, años después, me cuesta creer que se ha ido para siempre, más bien tengo la sensación que anda por esos mundos que tan magníficamente conocía viviendo alguna nueva aventura y que pronto volverá para contármelo.
D.E.P.





