Un poco de todo...
...DE ÁRBOLES Y ESTACIONES, DE OJOS Y VELAS, DE NOCHES Y POESÍA...
(Texto -salvo indicado- y fotografías: JORGE E. BERMEJO)
Si volviera a nacer, si empezara de nuevo,
volvería a buscarte en mi nave del tiempo.
Es el destino quien nos lleva y nos guía,
nos separa y nos une a través de la vida...
(Amaral)
Hace tiempo que me senté sobre una roca, junto a un acantilado despejado en el cielo y en la tierra, escuchando rapaces y observando el atardecer o el amanecer más bonito de la vida a solas con mis secretos, ¡los que todos tenemos!. No recuerdo cuando ocurrió esto, ni tampoco cuando me senté junto al mar por primera vez, pero sí qué hace tiempo que la espuma no moja mi playa refrescando estos pies cansados. Sin embargo, veo una gaviota que trae, desde el mar rugiente, mi pasado en su estela y sobrevuela el malecón. En esa tempestad que marcan mis días regresa con profusión la única cualidad obligada con la que debe contar el poeta o el cantor. No la descubriré, que cada cual sepa si es poeta o es cantor, o simplemente no es nada.
A estas alturas creo que consta que hoy me levanté de otoño. Cuando salí de casa fui por un instante parte del viento fugaz, de las hojas muertas y crujientes o del cielo gris gabardina. La blanquecina luz, densa y mate, mostraba un día diferente, con árboles desnudos que no esconden sus vergüenzas porque no comprenden naturalmente de ello. Esqueléticas formas, hilos de estaño modelados por la vida, que en primavera renacen frondosos y en invierno se contraen con recogimiento. ¡Pues va a ser cierto que hoy me sentí un poco otoño!, ¡extrañamente otoño!, figurativamente otoño, y como muestra: los árboles.
Pero he ido más allá que sentirme estación, tanto como el que en su delirio percibe sensaciones o ve el amor en unos ojos. He retrocedido en mi vida a través de ellos tanto como para fotografiar un instante y retenerlos para siempre, o he mirado a unos ojos en la oscuridad, también frente a otros he llorado y los he visto emocionados. He visto a la luz del día a unos ojos brillar y también detrás de un cristal. Incluso los he imaginado y los he respirado al besar. ¡Definitivamente otoño!.
Al anochecer, escondido de la visión de ahogado, que diría Juan José Millás, y observando la ciudad en su transformación (juega diariamente a ser oruga y mariposa), siento como se estimula abriéndose ante mí a la par que sigo con la mirada, una tras otra, las farolas que van encediendose en hilera, como si la sangre comenzase a correr por una vena, y se pierden dentro del laberinto callejero. Después, con la imagen difuminada en tu silueta o en esa mirada perdida, que de estar prohibida pasa a ser casual, siento que el otoño cae en la dejadez y el letargo, olvidando las locuacidades y las personas, las horas o aquellos cumpleaños a los que regalo estas palabras.
Observando la calle confirmo que la vida es una sucesión de carreras y yo no tengo más tiempo para detenerme a mirar salvo que tu me lo pidas. Hay huecos que deseas ver ocupados sin prisa y otros en los cuales, aunque solo hayan pasado unos segundos, ya añoras a quien los dejó. Hay carreras que no deben ser detenidas si las corres en un campo de minas y otras en las que desearías pararte por un instante... veo una hermosa playa y la mar que llama sin cesar para que te detengas a mirarla. Todos tenemos una playa en la que desfogarnos y ese mar en el que descansar. Yo, como cuando me senté en la roca de la montaña, me detuve también en tu playa buscando la lejanía y la belleza. Entretanto permanecía allí, miré durante unos minutos a mis pies cubiertos de arena y espuma, de agua cristalina con reflejos de dorado sol. Cansado deje escocer los poros de mi piel con la sal que me dejaste y me senté a esperar la oscuridad que te traía aquí. No costó deternerme a mirarte y conversar, te acompañe sin pedirte nada a cambio, ni tú a mí. Y ahora que el sueño pasó, ahora que no veo la espuma ni percibo aquellas lágrimas saladas, ahora que no escucho la voz del mar, siento que el hueco dejado, sea un día o diez, solo será tapado por un recuerdo que, de no ser alimentado poco a poco, se desvanecerá como las olas que mueren en la playa...
Espuma blanca, para que no lo supieras... para que no quedase constancia, mi alma te llamó en la tormenta pero la voz murió bajo el trueno sin haber escrito tu nombre. Y así, en mi cansancio, caí moribundo tras las horas vivas, dormido al fin en tu regazo, cincelándote en cada pared de mi cráneo, moldeándote en los músculos de un corazón que apenas bombeaba.
Entonces cierro los ojos, acuosos como el mar en el que me sumerjo. De alguna manera siento tu descanso, te recojo de noche, cuando arrecia la tormenta, como a la vela más preciada entre mis trapos. Seco las gotas que (tu dices) son de lluvia y (yo) creo que son lágrimas de penumbra. Por eso, porque una lágrima tuya es tan valiosa como el agua en el desierto, yo despertaré y velaré tu noche, te acomodaré para que duermas pronto y esperaré a que, entre sueños, me busques para apoyar tu cabeza sobre mi.
Como un pájaro de fuego que se muere en tus manos,
un trozo desecho de hielo en tus labios,
la radio sigue sonando, la guerra ha acabado,
pero las hogueras no se han apagado aún...
(Amaral)
A ti, que eres vela sin pronunciar tu nombre, te he mirado esta noche, lo cierto es que no he dejado de hacerlo. He visto una lágrima brillar cuando descendía por tu mejilla, y en ella giraba el mundo durante el breve tiempo que escapaba libre hasta morir en el vacío como lo hace una vida perdida. Pero mientras caía he atisbado una luz reflejada y una ventana abierta... ¡dime tú que significa!. Aunque medites yo seguiré pretendiendo hablar como quiero hacerlo, escribiendo, pero sospecho que he olvidado hacerlo. Soy víctima de tí, de verte en cada lugar, de desear olvidarte sin desear, de perder la mirada tanto que veo ascender el humo de un cigarrillo que se consume mientras yo he perdido la noción del tiempo.
También hace tanto que guardo silencios en cajones que me siento como el mitológico Morfeo, y a pesar de todo -y que hace más que no corro detrás de la vida-, sigo persiguiendo ansioso los últimos rayos de sol de un atardecer junto a ti. Aquellos que apenas cruzan con su luz las hojas delgadas y verdes de los árboles. Bajo ellos, mientras te espero, si me encuentro con la vida la respiraré en silencio para guardarte aire, mirándola cara a cara y viendo tu rostro en sus rasgos, reflexivo, humilde, atento, recopilando la sensatez que genera su paso inexorable.
Bajo la influencia de la definitiva convicción de ser otoño recuerdo que hay periodos grises del alma que experimentan un frenesí puntual mediante el cual percibimos que los esquemas vitales se transforman. Percibimos de diferente manera la luz natural que penetra por el balcón y alcanza el fondo de la alcoba con la intensidad proporcional a los recuerdos del pasado. Es la misma luz que ayer y que mañana, pero la recibimos con diferente prestancia. Hoy, por ejemplo, apenas tiene intensidad y ya llega difuminada. Estoy en el centro de la habitación, a mitad de camino del balcón por donde aquella entra y a mitad de la pared donde muere y yo, según donde mire, experimento la intensidad de la luz y revivo recuerdos más o menos grabados y, a buen seguro magnificados.
En estas, la sencillez de esa luz me traslada a otro lugar. Un sitio sobre el cual el viajero me contaba en sus historias tras cada aventura, cuando no tenía a nadie a quien contarlo, cuando nadie le creería, vivencias que se desprendían de sus labios con cierto acento apátrida e indetectable y se transmitían a sus gestos mostrando la sequedad del recuerdo.
En una casa blanca se reflejan, al menos, cuatro recuerdos diferentes como cuatro soles perfectos que invitan a la alegria. Hoy se que lo cierto es que el sol era el mismo... ¡para todos!. Una casa sobre un acantilado, un mediodía de verano, nada frente a tí hasta llegar al mar Mediterráneo. O una terraza elevada sobre una vivienda y el Atlántico a tus pies. Pero también quedan sus noches y un par de recuerdos que me reservo para alguna historia por narrar.
La noche, aquí o allí, y la quietud nos vigilan como un búho sobre su rama, son fieles aliados de la memoria. En su regazo silencioso asociamos libremente, sin reparos, y podemos trasladarnos desde el ángulo oscuro hasta el rincón desbordante de la imaginación. Desde el Egipto faraónico y decadente que nos acercan las páginas de un libro podemos trasladarnos automáticamente a episodios escenificados en el siglo XXI acompañados de los acordes de determinadas canciones que asociamos. Precisamente leyendo lo último publicado por el magnífico escritor y buen amigo León Arsenal observo con cierta tristeza como los hombres, que han (hemos) logrado llegar a la luna, apenas hemos avanzado en determinados aspectos de la propia evolución soci-antropológica.
En esta línea, la historia del hombre debe ser construida con conocimiento de causa y como tronco matriz de donde nacerán las ramas del entendimiento. Sin él, sin ese conocimiento, créame el lector avezado, no existe el mañana. Si no figura esta cualidad, si no se alimenta cada día para mantenerla fresca y actualizada los avances experimentados no serán completos y nuestro esfuerzo acabará siendo baldío. Entonces pues, junto a este árbol, de noche frente a una vela, inmerso en el otoño que miran tus ojos... ¿como expresaremos los pensamientos que liberamos?, ¿los dejamos salir como deseamos?.
Yo logré refrescar no hace mucho que el mundo de los grandes secretos, nuestros secretos guardados por largo tiempo se pueden resumir en una conversación de repente, en unos ojos brillantes, a punto de llorar, o en un largo paseo tan extraño como cómplice. Este mundo, el de los secretos, posee la irrefrenable condición entre sus asiduos de albergar un cerebro en permanente estado de dualidad, que expulse al instante la transformación personal de Jekyll a Hyde y viceversa.
Concluyendo. Observamos que todo se resume en mirar a los ojos para contar lo que pudo haber sido y no fue, en medio de una loca jauría que nos carcome y eso... dice mucho de quien lo expresa.
Como hablar si cada parte de mi mente es tuya
y si no encuentro la palabra exacta, como hablar.
Como decirte que me has ganado poquito a poco,
tu que llegaste por casualidad, como hablar... (Amaral)