lunes, 7 de diciembre de 2009

HISTORIA: EL "BARÓN ROJO"

HALLAN EN POLONIA EL ACTA DE DEFUNCIÓN DEL "BARÓN ROJO"
De: A.F.P. (6 de diciembre de 2009)

El acta de defunción del as de la aviación alemana de la Primera Guerra Mundial Manfred von Richthofen, el legendario "Barón Rojo", fue descubierta en la ciudad polaca de Ostrow Wielkopolski (oeste), anunció el sábado el diario polaco Gazeta Wyborcza. El documento fue hallado "por azar" en los archivos del registro civil de la ciudad por el genealogista polaco Maciej Kowalski, precisó el periódico.

Nacido en Breslau (hoy Wroclaw, en Polonia) en una familia aristocrática prusiana, el Barón von Richthofen (1892-1918) se hizo célebre por su pericia y sus victorias como piloto de caza, con un récord de 80 aviones derribados. Murió combatiendo al mando de su triplano Fokker pintado totalmente de rojo, de ahí el sobrenombre de "Barón Rojo", al ser alcanzado por las balas cuando era perseguido por un piloto canadiense, Roy Brown, el 21 de abril de 1918, cerca de la localidad de Vaux-sur-Somme.

Su acta de defunción fue establecida en Ostrow Wielkopolski porque ese fue su último domicilio oficial y el de estacionamiento de su regimiento Alejandro III, explicó Kowalski, citado por Gazeta Wyborcza. La historia del 'Barón Rojo' fue motivo de inspiración de numerosos libros, películas y hasta videojuegos. Manfred von Richthofen está sepultado en Wiesbaden (Alemania), en el panteón familiar.

martes, 1 de diciembre de 2009

REFLEXIONES. EL COLOR DE LA VIDA

DE RETAMAS Y RETAZOS TIZNADOS DE CENIZAS
Por: Jorge E. Bermejo Música que acompaña la lectura de "El color de... Women of Ireland, Joanie Madden
Irish Belssing

En cualquier lugar hacia el que dirijo la mirada está el día enganchado en las aristas de la certeza, descubriendo lo que unos ojos no quieren ver y aquello que la conciencia, barrida por cortinas de tormenta y viento, intenta despertar en mi: Realidades. En estas, la luz no se dirime como excusa cuando el momento oportuno se enseñorea con razones, más bien crepita el corazón -como si ardiese en él una hoguera- cuando descubre esas certezas y atiende a las realidades. Crepita porque las cuadernas de la vida arden vivas dentro de un cuerpo anquilosado que se estremece sin apagar su fuego.

Hoy es día de silencio en la montaña, de barro en las botas, de silencio en el valle, de silencios en los pueblos. De lluvia fina o humedad gruesa, aquella que los queridos asturianos llamarían orbayu. Ante el corazón ocre, silencioso y arrugado de un cuerpo inflamado por dentro se abre el valle escalonado desde el cielo, fresco tanto como brillante de agua en su esplendor, bañado en vino… mezclando tonos blanquecinos –sucios-, amarillentos y pálidos… como el vino blanco, o rojizos tiznados más claros o más oscuros… como el vino tinto. Desde aquí, desciende crecido el –todavía- arroyo entre retamas y matorral, cruzando un llano sobre la colina que barre el viento como lo hace con mi memoria, que es terca con concluir siempre en los mismos lugares del bosque de mi mente. A menudo se vuelve también tercamente ilusionante con imágenes de espuma marina que se disuelve entre burbujeos sobre la superficie fría del agua. Su sonido relajante no cesa, me engaña y acaba por imbuirme –por sugestión- mientras la observo correr cristalina, cuando no brillante, sin saber si son mis ojos los que están así o es la pureza de un cielo sin nubes y un mar sin olas lo que se abre ante mí.

He volado de la montaña al mar por unos instantes pero de nuevo estoy aquí, en el corazón que arde, en el valle brillante, en ese llano sobre la colina desde el que sigo al –allí- gran río con la mirada y observo cómo pasa el agua sin cesar. El cauce y su entorno resultan ser preciosas composiciones de lugar construidas a base de trazos de color aunque yo lo vea todo en blanco y negro. Lo sé a ciencia cierta porque a veces los he disfrutado en todo su esplendor, pero no hoy. Con el crepúsculo lejano acompañando mis pasos, camino por un páramo, por una senda angosta que lo atraviesa como una herida abierta en la piel de la vida. Una incisión que necesita suturar pero la mano que cose no encuentra el sitio para hundir la aguja y cerrar la herida.

Durante la noche, en la oscuridad que aquí sí importa, tomé la alocada decisión de cruzar el río descalzo y por su anchura más sinuosa sino desconocida. No estaba solo en la fotografía ni tampoco quise que nadie me acompañase y me despedí dejándolos al otro lado. Camine dentro del agua helada, sobre peligrosos guijarros, con las manos ocupadas durante el tiempo que el ánimo me empujó. Pero quizás fue justo a la mitad, sobre esas piedras alisadas por la paciencia, donde mi equilibrio falló y resbalé. Una y otra vez he estado cayendo sobre el resbaladizo fondo y, ahora que ya no se me ve desde las orillas, lloro el continuo y punzante dolor que me produce el frío intenso del agua del deshielo. Entre la sombras, resistiendo el frío, hay unos ojos que me observan, que nunca dejaron de hacerlo ni tan siquiera cuando me quede ciego o cuando recupere la vista solo en blanco y negro. Hermosos ojos cercanos que no miran buscando mi caída sino pendientes de tender una mano a la que asirme. Después no tengo memoria… la imagen se difumina y todo se vuelve blanco.

En la continua búsqueda de cada meta vital todo es así, somos parte de la esencia de lo que nos persigue silencioso en la estela de nuestros días. Se parapeta entre los recónditos huecos de nuestra mente hasta que un día rezuma y sin darnos cuenta nos empapa, nos cubre y si no nos damos cuenta acaba por fagocitarnos sin remisión. La propia vida resulta ser una amalgama de reflexiones, unas más profundas que otras, a las cuales y para distinguirlas, titulamos de maneras rebuscadas o sencillas dependiendo del momento y el contenido pero todas tienen su importancia desde el momento en que se integran en el collage de la parte del alma que resulta visible. La capacidad de expresión marca el resultado, que no ecuación, o la profundidad de la plasmación en líneas de un sentimiento a flor de piel.

La tarde inexorable se colorea de pimentón y mostaza cuando llego al final del camino. Desde el borde del pétreo corte diviso un valle alfombrado de verde intenso, moteado de grises y nublados en su vertiente más oscura, donde las sombras de la noche ya han cuajado adheridas a cada centímetro, donde los vaqueros ya descienden por la vereda cargados de aperos y vigilantes de su ganado. Más acá aún se ve a algunos de ellos trabajar al ritmo que marcan los últimos rayos de sol. El cañón del valle enseñorea su belleza a caballo del esplendor crepuscular y los olores a tierra mojada y montaña, esos que resultan tan intensos, insultantemente penetrante, y fluyen en mi mientras se dibuja el mundo entre luces y sombras perfectamente delimitadas. El cielo azul respira delgadas columnas de humo blanco que ascienden compactas como fantasmales y temblorosas figuras con el empuje de las corrientes hasta disiparse mucho tiempo después. Una racha solitaria y fresca, quizás perdida, me envuelve durante algunos segundos, los mismos en que comienzo mi descenso por la senda más hermosa que jamás mis ojos cansados vieron. Un camino nuevo, oculto entre setos cerrados y árboles frondosos, en cuyas orillas la espesura me impide penetrar como a veces sucede con mis pensamientos, me acompaña y entre cada resquicio de su cerrada oscuridad, en el reino de las alimañas, en el laberinto de gruesos y bien anclados troncos, surge aquí y allí una imagen imperfecta pero perfectamente adivinable que se evapora en el instante en que centro mi mirada en ella. Se lo que veo porque no es real, tan solo es la parte más importante que ocupa mi cabeza, que ronda transfigurada junto a mí.

miércoles, 28 de octubre de 2009

REFLEXIONES: OTOÑO (I)

OTOÑO (I) Por: Jorge Bermejo
(Poesía: Alfonsina Storni / 2ª fotografía -Mi sueño del faro Vidio-: Pintura de MARÍA MUÑÍZ)
Música que acompaña la lectura:
Lascia ch'io pianga - Ópera "Rinaldo" (Häendel)
Boccherini Cello Concerto No.1 in E flat major, G474

(1ª PARTE).- Un día cercano al de hoy (hace tan poco que lo recuerdo vivamente todavía), el otoño llegó hasta aquí inexorable y se hizo adulto sin percatarme de ello, y yo, que aún no soy padre, supuse que la sensación tenía que ver con los sentimientos de aquel que sí tiene esa condición y una mañana descubre, de repente, que un hijo ha dejado de ser el niño que sus retinas retenían como una fotografía para evolucionar a otro estado de la vida. Cuando aún no habían pasado de largo (aunque en mí nunca lo hacen) los sonidos del mar o el bosque, o los que nos invaden en el vasto territorio de la luna anaranjada y creciente, me encontré con que la siguiente estación había crecido a golpe de días luminosos, de envolventes tardes que regalaban optimismo para regocijo de un alma a media luz, de mañanas que no dejaban de ser refrescantes y viento invitándome a observarlo tras el ventanal. Quizás al principio, añorando extender el asueto, tuviera derecho al pataleo pero finalmente, ante un cambio tan inexorable como la propia existencia, tan solo me quedó mirarlo de frente y ver que el otoño también dibuja en mí sonrisas guardadas desde hacía demasiado. Es el gesto del tiempo, de mi tiempo, que llega tanto como la sonrisa de esos padres que descubren al fin los cambios en su hijo, igual que un instante largo y larvado o los momentos para otras notas musicales portadoras de sentidos renovados… quizás como hace la naturaleza con sus frutos y sus colores. Es tiempo de manzanas, de castañas y avellanas, de batata sobre el hierro ardiente de las viejas cocinas de carbón y leña. Es tiempo de otros olores que penetran para rescatar la parte dormida del añorado recogimiento. Ahora, que veo amanecer, y antes, que he velado dolorido a la noche en sus últimos instantes, (aquellos previos que extienden las sombras hasta disiparse), he celebrado la luz con alborozo, estando a su lado hasta ser adulta en mi regazo, viéndola crecer para no volver a sorprenderme. Después, mientras abre la mañana balanceándose sobre los delicados acordes de Lascia ch'io pianga (de la ópera "Rinaldo" de G. F. Haendel) que llegan lejanos sigo descifrando los enigmas de tu dolor, regocijándome en tu cercanía, en el terco deseo de verte feliz, en la maldita codicia de tu sonrisa, y cuando te difuminas cruje bajo mis pies, a cada paso, la madera seca de mi corazón que se refugia aquí… o en ti, en tus ojos de noche. En la incertidumbre que mi alma exhala, camino entre las sombras de tus instantes con la inseguridad del que desconoce si es lágrima de sal, diamante de miel o perla de aceite lo que resbala por tus mejillas para morir en las comisuras de aquellos labios que ansío besar. Es entonces cuando te miro inquieto, cuando dudo si la noche ya no es noche o el día rompió de nuevo. A veces ha ocurrido que regresabas lentamente, con esas primeras luces, y llegabas hasta aquí, a la fuente de los recuerdos y junto a mí, para bañarnos en las lágrimas que lograron desprenderse de tus mejillas y mis dedos o mis labios no lograron retener, para sumergirnos en la espuma de las emociones, las tuyas... o las mías. Después, mientras secaba mi piel llagada de errores la miraba sufriendo la expiación. Sentía sin depravación que me quemaba para no olvidarlo ni olvidarte y saber que ardo por ti.

Entretanto me veía envejecer frente al espejo de la vida o estimulaba mi corazón anquilosado, he recordado una poesía de Alfonsina Storni… “me ha contado el espejo que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas”...

Recuerdo una fotografía (no retuve el lugar donde la vi) en la que aparece un monumento alegórico dedicado a ella y, aunque revitalice su memoria, es piedra tan solo… y yo pensé que no quería ser piedra. Ella en realidad es poesía… y yo tristeza de no ser hoy un verso suyo.

Me empobrecí porque entender abruma, Me empobrecí porque entender sofoca, ¡Bendecida la fuerza de la roca! Yo tengo el corazón como la espuma.

Y ahora, mientras saboreo esta bendición, durante los leves instantes colmados de dicción en que leo y releo con el sabor duro de veintitrés palabras paladeadas entre el cielo y la lengua, ahora, digo, mirando el horizonte desde el faro que es mi refugio, me siento al fin palabra en tu verso y comisura (la misma donde morían tus lágrimas) que forma tu sonrisa. Quizás refresco la sensación, durante mucho tiempo camuflada, de mi mirada cuando traspasó tu cristal sin detenerse, pero ahora que el vidrio abriga las gotas de humedad y los granos de sal marina, de nuestro sudor o de la respiración después de un beso, es cuando me detengo a pensar que siempre has estado allí… ¡estás tú!, y detrás sigue el mar que jamás se marchó. Mar, yo soñaba ser como tú eres, Allá en las tardes que la vida mía Bajo las horas cálidas se abría... Ah, yo soñaba ser como tú eres.

REFLEXIONES: OTOÑO (II) con notas de invierno...

OTOÑO (II) Por: Jorge Bermejo (También autor de la 2ª fotografía) Música que acompaña la 2ª parte de OTOÑO: Bryan Adams - (Everything I Do) I Do It For You Habib Koite and Bamada - Takamba
Como la certeza que transmite un hecho empírico así sabemos que el otoño se filtra por los recovecos de nuestra vida como lo hace alfombrando las calles, como entra por las rendijas de las puertas y ventanas, como viste de otros colores la ciudad o regala atardeceres cargados de energía. En el eco de sus ciclos, aquel que marca los tempos y nunca desaparece, ahora veremos las fotografías en verdes muertos y ocres de hojarasca seca barrida por el viento, de árboles que mezclan tonos posando para una acuarela mientras son penetrados por los rayos de sol en una tarde de otoño, tanto como después será la nieve aquella que cubra nuestra memoria hasta convertirla en la película blanca de los recuerdos escupidos a golpe de hogar encendido y calderos o de sonrisas y confidencias entre amigos, de calles y caminos desnudos rondados por perros solitarios que nos ladran afónicos para esconder sus miedos, de cobertizos cuajados de musgo y humedad tanto como rebosantes de madera cortada y apilada. Habrán llegado entonces las microscópicas estrellas de invierno aplastadas en unas huellas que demuestran la vida que no vemos. Y mientras pensamos en ello necesitamos, como acicate, alimentarnos de cuanto fluye ahuyentando artificialmente los empachos de obsesiones o fagocitando lo extraño con forma de revuelta contra la apatía que nos vuelve monótonos.
Pero mientras esto llega, para mí, como para otros, ha quedado atrás la estación que rompe generalmente (y sin artificios) esa monotonía, que nos muestra arena fina, bosques cuajados de frondosa vegetación donde habita la mitología, amores primerizos que se alimentan de extrañas mariposas, calles encaladas aún similares a las que viese mi admirado Gerald Brenan, mares inmensos que albergan a las descendientes de Moby Dick, o palacios, fuentes y paseos en los que dar rienda a los acordes de una guitarra española en las noches calurosas de verano, bajo faroles, en terrazas que sirven momentos íntimos con vino, en sueños abrazados a un libro donde reposar la lentitud de cada instante. Ahora, con cada día que huye nos olvidaremos poco a poco de los cuerpos exuberantes envueltos en deseo y será el nuestro aquel que compartirá un rincón con las fuerzas postrimeras que rezuman sobre las fachadas de los espejos del alma, como dice el refrán. Serán, ni más ni menos, que las últimas fuerzas hirvientes de un verano que ya queda atrás, desinflándose, hasta ser solo recuerdos embutidos en el abrigo del otoño.
Es otoño aunque a veces no lo parece. Atraído por su llegada he decidido salir a recibirlo y en la tarde de aromas a tierra mojada mis pies me llevan a él caminando por las sendas que descienden y se cruzan a través del madrileño Parque del Oeste en dirección a los búnqueres (que taponaron el avance de los sublevados durante las ofensivas sobre Madrid en nuestra desgraciada Guerra Civil). Es tarde para observar escondido en el mirador de aves (sin aves) como cae la luz sobre la charca, para fumar el último cigarrillo sentado en sus bancos y ver el humo denso ascender hasta perderse en el techo de madera. Allí, como en cualquier otro lugar, como en nuestro propio interior, buscamos elixires que tonifiquen nuestro cuerpo o sentidos que nos orienten falsamente. Logramos esconder los juicios y las justificaciones y resistimos en las murallas de nuestra debilitada fortaleza otra embestida más de un ejército que viaja en el tiempo desde nuestro pasado sin llegar a percatarnos que tarde o temprano, cuando llegue el asalto final, nuestras huestes, aquellas que nos defienden, no serán más que un puñado de razones agotadas, heridas y descolocadas, y será cuando veamos que La Gran fortaleza del alma está perdida sin remisión. Ese será el triste atardecer en que nos miraremos buscando aquel caballero que fuimos pero no descubriremos más que un cuerpo torturado, desnudo y vencido que llora cada día en el silencio moribundo de la prisión de la soledad. Quizás entonces, asfixiados, haremos lo que mucho antes debíamos haber hecho: salir al mundo exterior y descubrir que hay mucho más donde podríamos habernos retirado para recomponer las líneas, para aprovisionarnos y descansar. De nuevo es entonces, y solo entonces, cuando alejados de la batalla, seremos conscientes del desastre en el que hemos colaborado por omisión. Por eso, cuando sintamos que las murallas apenas tienen capacidad para resistir quizás es mejor que preparemos las cabalgaduras y reunamos las fuerzas que quedan. Sencillamente… que tomemos el camino que nos lleva al sol… siempre hacia el sol.

miércoles, 7 de octubre de 2009

EXPEDICIONES CIENTÍFICAS: LA FOTO DE AMUNDSEN EN EL POLO SUR

HALLADA LA ÚNICA FOTO DE LA 1ª EXPEDICIÓN AL POLO SUR Fuente: EL PAÍS.com / Foto: EFE. Sídney / Madrid - 07/10/2009
Un historiador noruego localiza en Australia una imagen de 1911 del equipo de Roald Amundsen
El 14 de enero de 1911 una expedición liderada por el explorador noruego Roald Amundsen llegó por primera vez en la historia al Polo Sur. La hazaña fue inmortalizada en una fotografía en la que cuatro miembros del equipo contemplan la bandera noruega, izada en lo alto de la tienda de campaña. Ahora, casi 98 años después de aquello, el historiador Harald Ostgaard Lund, paisano de Amundsen, ha descubierto la instantánea en los archivos de la Biblioteca Nacional de Australia. "Sabíamos que se trataba de una foto de la expedición de Amundsen al Polo Sur, lo que ignorábamos era que fuese la única en el mundo", explicaba Linda Groom, directora de la Biblioteca Nacional de Australia, a la cadena de televisión y radio australiana ABC News. Lund descubrió la fotografía tras analizar durante meses más de 700.000 imágenes de la galería digital de la institución y a principios de año viajó a Australia en busca de los originales de las copias de las imágenes cedidas por la familia de Amundsen al Museo Nacional de Noruega. Tras abandonar la Antártida en 1912, la primera escala del viaje de regreso de Amundsen fue el puerto de Hobart, capital de la isla de Tasmania, donde entregó los negativos de las fotos a J. W. Beattie, un conocido fotógrafo del lugar. Según ha explicado Groom a la ABC, lo más probable es que Beattie encargase el revelado de las fotografías a su ayudante, Edward Searle, quien tiempo después las recopiló en un álbum los trabajos más importantes de su carrera titulado Vistas de Tasmania. En 1965 la Biblioteca Nacional de Australia compró el álbum a la familia de Searle. Cinco semanas después de ese 14 de diciembre de 1911 la expedición de Robert Scout, gran rival de Amundsen tomó una foto casi idéntica en el mismo lugar.
(Imagen que acompaña: De la expedición del noruego Roald Amundsen en el Polo Sur, el 11 de diciembre de 1911- EFE)

sábado, 3 de octubre de 2009

VIAJES: MI MEMORIA EN BERBERÍA (I)

UN VIAJE PARA EL RECUERDO (I) Por: Jorge E. Bermejo. (Son cuatro capítulos) A Sonia, Silvia, Nuria, Javi y Carlos, una tripulación "Master & Commander", con todo mi cariño. A nuestro bajel pirata "La Sultana", "en todo el BAR conocido, del uno al otro confín". A los nuevos y (a buen seguro) favorables vientos que han de llegar...
Música recomendada para seguir la lectura de "Mi memoria en...
BSO "EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
LOVING YOU - LIGHT OF AIDAN FT. - NOTE FOR A CHILD
ZUEL - OLAS DE SAL
Cada historia tiene su momento para ser vivida y para ser escrita, pero siempre puede ser el momento para ser recordada…
PRIMEROS SENTIMIENTOS: LA MAR
La memoria del hombre es caprichosa, como lo son las olas del mar o las nubes en el cielo. Por eso he intentando desarrollar una fantástica vivencia colectiva frente a un papel blanco que, aunque siempre se resiste, con el tiempo se tornara en recuerdo para cada uno de los que estuvimos allí. No deseo ahora decir fechas porque codicio que el recuerdo sea fresco e intemporal, como ese mar o el viento que percibo en cada momento de la evocación. ¡Quiero recordar tierra de Berbería!, volver a sentir los mortecinos rayos de un atardecer de estío que nuevamente llegan hasta mi. En estas mi siempre amada y etérea... quizás lo que más he querido, el mar, la mar que declamase Alberti, me acompaña entre susurros como viene haciéndolo desde hace más de veinte años... Pacientemente, sin molestar, siempre presente de alguna forma y ahora más aún porque la recuerdo bajo mis pies, abriéndose hacia la lejanía tan inmensa como espectacular. Mientras la observo siento los párpados pesados y una bruma que se cierne sobre mis ojos hasta que la fatiga me hunde en un sueño frente a ella y al atardecer. De nuevo está ahí, aunque nunca se alejó demasiado, como una madre que cuida de su pequeño, y al fin así es la mar. Aunque mis ojos permanecen cerrados aún la percibo cerca, detenida y pacífica, rozándose suavemente con el mundo exterior como la piel que roza al amado en una caricia. Con el tiempo he aprendido a observarla, a comprenderla para poder disfrutar de ella como un vino excelente... con cuerpo, en cada sorbo, con cada aroma, de diferentes colores pero siempre de una forma incomparable a los demás y así es como la tengo grabada en mi memoria. Quien escribe para contar algo grita auxilio desde cada trazo que plasma y esa es su forma de expresarlo. Mientras escribo esto reconozco su ausencia y quizás necesito de ella. Para mí, no sentirla cerca es estar muerto en vida porque yo nací cuando la conocí y debo morir junto a su vera, y si no la siento no quiero vivir más. Si ella no está, mi alma cierra los ojos del corazón y huye en su busca, anhela sentirla cerca y sé que la he encontrado cuando en sueños también encuentro la paz. Quizás este sea el momento de inflexión, el Shangri-La del espíritu, cuando la paz interior es tan potente como la exterior y al fin todo es armonía.
El día dos iniciamos la singladura. Habíamos quedado en el Club Náutico de Ibiza con Carlos, querido amigo y capitán. Al acceder al Club nuestros cansados cuerpos comenzaron a asimilar el entorno marinero. Saltábamos como por arte de magia desde la gran urbe del “todo a mano” al prefacio del mundo en el que “no se debe necesitar casi nada”. Antes de embarcar debíamos reponer fuerzas. En el propio Club disfrutamos todos juntos de un fantástico gazpacho de sandía y un pesado arroz negro poco propio para estas galeradas. Así, en aquella terraza con vistas a los pantalanes deportivos, mi mente comenzó a elucubrar. El viaje con destino a la imaginación de un niño despegaba puntual, y digo bien porque es cierto que nadie que no conserve al menos un ápice de niñez, de infantil imaginación e inocencia, puede vivir a fondo lo que vivimos aquel agosto. Probablemente, el secreto de una aventura perfecta es la sabia combinación de los Egos... el ego adulto marca la seriedad y la profesionalidad -el buen rumbo sin novedades-, pero el ego infantil, aquel que permanece en continuo peligro de extinción según nos hacemos adultos, ve batallas donde quizás las hubo, ve debajo del mar sin sumergirse, otea el horizonte buscando galeras y explora cada centímetro de su entorno esperando descubrir cualquier tesoro. Y cualquier tesoro es lo que acopia, ya que solo aquel que vea el cielo, el mar y la tierra con los ojos de un niño verá tras cada estela de espuma o en cualquier islote un tesoro del que solo él conoce su valor y que tan solo a él le espera el privilegio de guardarlo, y, mientras mira al atardecer en el mar deja que su mente invente lo que el mundo le prohibió. En estas, cada noche se duerme dentro de un diminuto camarote, que a media noche se carga de calor, esperando que las vivencias se transformen en una aventura mientras, a través del ojo de buey, la luna y las estrellas, el cielo más puro que podamos imaginar, nos acuna y nos duerme entre bamboleos consonantes del casco. Quizás a otros no les dé tiempo para asimilar tanta información que se percibe, pero a mí sí porque alimento esa mirada de niño y tengo aquella cajita de tesoros que lleno cada día y que al cerrar los ojos cierro también bajo mil llaves.

VIAJES: MI MEMORIA EN BERBERÍA (II)

UN VIAJE PARA EL RECUERDO (II) Por: Jorge E. Bermejo
BOCCHERINI - CONCIERTO PARA VIOLÍN Nº3
ALMADRAVA - LAND OF ETERNAL SUNSET
Buceo en un mundo de silencios, sintiendo la caricia de la posidonia, el silencio de la soledad, el azul y la paz del mar, la inocencia de quien me observa sin verme depredador...
MEDITERRANEO VIVO: LA ATALAYA DEL L´ESPALMADOR
En L´Espalmador explota alrededor de mí el atardecer en toda su belleza, las piedras blanquecinas del torreón de vigías reflejan el calor y el sol del día y se transforman en rosáceas flores de roca sin pétalos. Su aspecto es tan delicado como real, lo sé porque si las toco se vuelven arenisca, como el volátil cuerpo que me sostiene mientras escucho el viento. Es entonces cuando me siento extra corpóreo, cuando me deslizo por su refrescante superficie, y siento la espuma de las olas y escucho su idioma y respiro su aroma... y si tú buscador de paz quieres conocer el momento más hermoso, quizás sea justamente este, cuando la mar, mi mar, el elemento, se mece entre armónicos bamboleos. Calmada y plana, inmensa, abierta al éter eterno y colosal, me muestra su poder y se extiende hasta la lejanía como una delgada película a veces rota por el suave ondular del agua. Permanece... me espera brillante y engalanada por el sol, cuajada de escamas plateadas que se reflejan en la superficie y llegan hasta aquí, azul de oscura soledad allá en lontananza, y turquesa de alegre serenidad a mis pies. …Ahora estamos hablando, no la interrumpas, ahora estamos mirándonos junto al viejo acantilado que el mar engulle cada día… La estratégica isla de L´Espalmador atesora multitud de historias de piratas, aquí se aprovisionaban y descansaban tras cada fechoría y en ella desembarco un dos de agosto de 1588 el legendario Barbarroja, al mando de una flota con más de veinte navíos. Nosotros, más livianos pero igual de aventureros, salimos en una sola lancha rumbo al extremo norte, con dirección a la torre de observación. Es una sencilla construcción troncocónica con tres niveles que está adornada con cordones de piedra en cada planta. Allí, al refugio de sus gruesos pero delicados muros veremos el ocaso en su estado más puro. Sobre sus almenas espero sentado en el mejor sitio deseable, el más elevado y desierto. Aguardo entre anaranjados del cielo y azules del mar la muerte, un día más, del Astro Rey hasta el amanecer del siguiente día. Desembarcamos apenas cuarenta minutos antes sin saber muy bien lo que encontraríamos. Parece tiempo suficiente para acomodarse ante el espectáculo pero no lo es tanto cuando no conoces el lugar. Das una vuelta por el contorno, pones a refugio la motora, observas la mar y subes hasta el torreón entre bromas y ambiente relajado. Sobre un entrante algo revuelto, rocoso e incómodo, donde muere la corriente y por tanto nunca está del todo tranquilo, dejamos la barca y observamos los alrededores. El agua nos llega por las rodillas y caminamos torpemente entre afiladas rocas submarinas y centenares de colonias de lapas y otros crustáceos. Es un área para tener especial cuidado pues cualquier paso mal dado puede llevar a molestos cortes con los afilados perfiles de las conchas. Yo me he quedado atrás, me distancio del grupo hasta casi perderlos en un cambio de rasante arriba de la ladera. Necesito estar solo, “ella” me pide soledad muchas veces. Estamos en una vertiente que para nada parece unida a , L´Espalmador donde la arena es fina, las aguas transparentes y cristalinas, tranquilas, el entorno de ensueño y la vegetación imponente. Todo ello hace de aquel lugar un destacamento del paraíso en la tierra. Sin embargo, esta parte en la que ahora me encuentro, desde donde tomo algunas notas barrido por la brisa que lame la rocosa ladera... esta parte, digo, será Desolación, rocas oscuras cerca del mar, terreno pedregoso sin apenas arbolado sino tan solo plantas bajas repartidas aquí y allí y... un naufragio. Pero en tierra solo sobreviven las pacientes sabinas aferradas con garfios rugosos, inclinadas y deformes a merced de los vientos que azotan este extremo permanentemente. Sin embargo ahora deben estar en su esplendor, y así exhiben sus frutos en forma de bola verde, un verde tan intenso que resaltaba entre el resto del arbusto.
Piedras y naufragios, ¡y un naufragio!. Los naufragios siempre me han sonado a depresión, soledad, almas que se rompen contra las rocas de la vida, solitarios paisajes fríos y almas débiles que vagan. Naufragio son también los restos de un barco desperdigados por la costa. No es el primero que veo, conozco al menos el American Star de Fuerteventura y, por motivos laborales, algún otro de menor calado. Así, los restos del naufragio tangible nos dan la bienvenida entre trozos de tablones, pedazos de cabos deshilachados o mugrientas boyas. Estoy caminando solo, abstraído, escuchándolo. Junto a mí, el mar hambriento devora poco a poco la tierra pero yo sigo en silencio, de nuevo escucho el silencio y mis pasos sobre la roca. Juntos me producen un escalofrío, una sensación de soledad que acaba relajando mis sentidos. Al fin, el paseo concluye a los pies de la torre, junto a su puerta, que para sorpresa nuestra está abierta. El candado se encuentra abierto y colgando de una argolla.

viernes, 2 de octubre de 2009

VIAJES: MI MEMORIA EN BERBERÍA (III)

UN VIAJE PARA EL RECUERDO (III) Por: Jorge E. Bermejo

GENESIS

SO FINE - A DAY IN THE SUN

…alegre, porque sé que tú eres mi patria, amor mío; y triste, porque toda patria, para los que la amamos, […] tiene también bastante de presidio. ÁNGEL GONZALEZ (POETA)

La fachada de la torre que mira al atardecer está iluminada por los tonos anaranjados que regala un sol vencido por el ocaso. Desde fuera observo las ménsulas en lo alto de la torre y me decido a entrar. Mis ojos, hasta que se acostumbran, sienten el impactante cambio de luz cuando accedo al interior. En un segundo se ha hecho la penumbra y, aunque no veo, percibo el suelo arenoso que guía mis pasos. Dentro, la planta baja se divide en pequeñas estancias bien ventiladas, de techos altos y con una escalera de caracol en piedra perfectamente integrada que nos conducirá a la almena pasando por un piso diáfano intermedio. Hago una rápida serie de fotografías mentales y observo en lo alto de una de las estancias un ventanuco, como un respiradero, para el almacén de pólvoras. Después sigo mi camino ascendiendo por la empinada escalera hasta las almenas. El sol sigue penetrando en el mar. Se hunde presumido para los veraneantes, idílico para enamorados y soñador para los solitarios. Pero allí, en el horizonte, queda demasiado lejos para impacientes y calculadores. Entre él y nosotros se extiende en la inmensidad el Gran Azul, con la quietud del tiempo que se detiene, sin interferencias como una siesta de verano. Las estelas de los barcos a nuestros pies nos sorprenden, Ferrys, yates y veleros se cruzan en una especie de autopista marítima que a esas horas cobra cierta intensidad. Incluso avezados y lanzados excursionistas a bordo de embarcaciones neumáticas sobrecargadas (que apenas mantienen la línea de flotación a un nivel óptimo de seguridad) pasan por delante de nosotros, y se adentran en el canal. Desde aquí, desde la almena de esta atalaya anclada por los siglos de los siglos como proa varada en la pétrea Tierra, se ve el mundo con otros ojos, más humildes y livianos… ¡tan simplemente sencillo!. Este es un lugar donde el hombre empequeñece y se siente en paz, donde el tiempo pasa sin referencias. Hay muchos otros, pero este es especial... aquí todos somos iguales. Desde la torre de piedra situada en el extremo más inhóspito de esta media luna, desde el baluarte que otrora fuese puesto de oteo contra incursiones piratas y berberiscas, el sol me ofrece un primer plano del ocaso en el mar. El islote de Es´Vedrá desea cobrar protagonismo en el juego de luces y sombras. La megalítica formación rocosa surge de las aguas como soldado que custodia el anochecer, inmóvil, varado, dejando que los últimos resquicios que nos iluminan viertan sus placeres al mar dibujando una estela plateada mortecina sobre la lámina del agua.

Ahora son las barcas de pesca las que cruzan níveas frente a mí. Solas en el marco infinito recobran la majestuosa sencillez de antaño. Y así, unas van, otras vuelven mareadas entre el oleaje del último ferry del atardecer que supera veloz la lengua de mar. Son velas blancas y latinas que, aliadas con el viento, se presentan puras e hinchadas, presumidas, dejando pasar a través de ellas la tenue luz del sol. Mientras tanto, la brisa me trae sus runrunes renqueantes y quejicosos provenientes de pequeños motores que las ayudan a navegar. Mar adentro el sol ya se hundió en el horizonte, precisamente acariciando a Es´Vedrá, como si quisiera ayudarlo a ser extrañamente enigmático. Nosotros, abrazados por el silencio del viento y embelesados en el instante, huimos en el barco de los sueños con él, cada cual el suyo… pero todos tenemos alguno. Aún oculto ya en el horizonte seguimos mirando a la nada, allá donde nos dijo adiós, todavía sobrecogidos por un atardecer despejado, irrepetible y de ensueño. Aunque todos permanecemos sentados al resguardo de los gruesos muros, comienza a refresca en la atalaya y es hora de regresar al barco, todavía nos queda descender la ladera garabateada por las mareas y cruzar la bahía en Zodiac hasta nuestro velero. Desde lo alto vemos los barcos fondeados como minúsculos juguetes y, en un alarde de Ojo de Águila, intentamos encontrar a nuestra Sultana. Más allá surge la lengua de playa, con su arena todavía amarilleando, y a la izquierda el bosque y el pantano, cuyos barros sulfurosos de azufre son prácticamente parada imperdonable en L´Espalmador. Sobre todo destaca solitaria la casa del alemán y el diminuto embarcadero, pero al fin, de nuevo, el mar acota delicado el horizonte difuminado. De nuevo me he apartado del grupo y me he quedado solo, en silencio, esperando ver mi particular ocaso. No hace tanto que el sol descendió rápidamente dejando a su paso una neblina inmóvil y, sobre el mar, mientras se disipaba su estela, los colores anaranjados y amarillos se fundieron con el azul y la sombra. Mi retina todavía guarda sus sensaciones. Antes de marcharme miró a Es Vedrá, megalítica, solitaria, que cierra por hoy sus ferrosos ojos de misterio. No es su magnetismo o su fuerza telúrica lo que me invade, es la imagen retrotraída desde tiempos en que los piratas se escondían dentro de sus ensenadas a la espera de cometer alguna fechoría, agazapados y emboscados aguardando entre las pequeñas calas el paso de alguna embarcación atrevida o despistada para atacarla furtivamente. Ha caído inexorable la tarde sobre las calas recoletas. El agua pierde sus tonos y trasparencias cuando la luz desaparece. A L´Espalmador comienzan a llegar barcos en busca de fondeo para pasar noche a refugio de molestos vientos. Sorteamos un sinfín de veleros y yates aproados al viento que, convertido en brisa peina la playa y llega hasta aquí ordenando los barcos. Se ve cual tiene orza y fondo con una simple mirada, sencillamente unos pandean a un lado y a otro, mientras que los orzados están casi fijos esperando la noche. Navegando entre ellos se advierte que el lugar, en estas fechas se convierte en un gran vecindario de chalets adosados donde conviven vecinos de muy diferente procedencia. Con permiso del querido lector romperé el momento con una licencia puntual pues la escena, en una primera impresión, me recuerda a la película de la ventana indiscreta. En las bañeras los lobos de mar de diseño y marca brindan y bromean bajo las primeras lámparas nocturnas encendidas de los barcos. Pronto, el fondeadero se convertirá en un lugar oscuro y silencioso solo marcado por decenas de puntos luminosos, las lámparas sobre cubierta e indicativos luminosos de “todo horizonte”.

jueves, 1 de octubre de 2009

VIAJES: MI MEMORIA EN BERBERÍA (y VI)

UN VIAJE PARA EL RECUERDO (y IV) Por: Jorge E. Bermejo

Café del Mar - Paradise
Habib Koite & Bamada - Din Din Wo (Little Child)

Ser emperador de sí mismo es la primera condición para imperar en los demás JOSE ORTEGA Y GASSET
Abre el día sobre L´Espalmador. Hemos hecho noche aquí también nosotros, al abrigo de los vientos del este. Es un lugar magnífico no solo visualmente sino como fondeadero para protegerse de los vientos que soplan casi desde cualquier esquina de nuestro mundo salvo oeste. Temprano ya ofrece el lugar oportunidad para el refresco, para un baño que conecta los polos y nos hace sentir la electricidad de la vida, un suspiro de impresión para sentirnos bien. Aquí todo es tan diferente... la brisa hace olvidar los calores pegajosos y olores del puerto. Frente a mí la lengua de tierra es prácticamente llana, alisada por los continuos vientos que la atosigan y pasan de largo lamiendo a su paso las blancas velas de nuestros barcos. Tras el baño y el desayuno comentamos el plan de navegación, nos preparamos para la singladura y a las once clavadas levamos anclas e iniciamos maniobra. Obviamente, para no afectar a la Posidonia que nos alfombra el fondo habíamos buscado espacios limpios donde reposar el anclaje. Con buena mar viramos hasta tomar rumbo suroeste, bajo nosotros, a algo más de cuatro metros de profundidad y bañadas por un agua tan cristalina que no parece haber más que la mitad de distancia, seguimos con la vista las estiradas cintas verdes de la pradera de aquella planta que se extiende bajo la quilla del barco. Mientras las observo pienso en las malditas conciencias que no se remueven ante el delicado equilibrio que nos rodea. Aquellas que, desconociéndolo o no, evitan dan importancia al beneficio que la Posidonia ofrece al mar al mar, la comunión que entre ambos existe para su mutua supervivencia y al fin la nuestra. Actualmente estas planta se encuentran en peligro de extinción por lo que, afortunadamente, están muy protegidas. Ellas nos acompañaran hasta que el profundimetro no indique más de cuarenta metros. A partir de esa medición ya no pueden vivir estas silenciosas aliadas. Desde el mar dirijo la mirada hacia tierra, me detengo en las escena que mis ojos captan y percibo por momentos como se aleja entre vaivenes. Las miro todas como si de fotogramas se tratasen. Quiero recordar todo sin recortes ni lagunas. Deseo volver un día la vista atrás y sentir que paseamos o navegamos por tierras y mares de Berbería, de piratas y atalayas de vigilancia.

En ocasiones, navegamos por la historia sin conocerla, sin percibir la fuerza en el entorno, no tenemos tiempo para detenernos, y ahora que lo tengo ambiciono que quede grabado cada instante Seguramente, cuando este cuaderno de bitácora sentimental y amable vea la luz, ya será otoño en Madrid. Acurrucado en la terraza de casa leeré con media sonrisa cada página, sintiendo renacer en mi cabeza el vívido recuerdo de los diferentes detalles. Probablemente también sople el viento junto a mí, como allí pero diferente, y un sol que apenas caliente me regalará esa luminiscencia tan especial que trae el atardecer propio de la estación. Pero ahora aún buscamos en el laberinto de nuestras limitadas cabezas la imagen nítida de los delfines saltando y coleteando junto a nosotros. Todavía me huele a Mediterráneo de manera tan intensa como se mantiene fresca la imagen de aquellos juguetones amigos en la mar, que surgen de la nada, desde las profundidades del Gran Azul para flirtear con a nosotros, para escoltarnos en su medio, emitiendo sonidos que penetran hasta nuestro cerebro y quedan grabados. Observándonos para saber si somos depredadores o no, si somos amigos o no. Y así, puedo asegurar en efecto, que todavía siguen oliendo a mar mis sentidos mientras veo el anochecer acompañarme por el estribor de mi memoria. Ahora navego a través de recuerdos pero ayer lo hacía junto a mulares que saltaban entre el crepúsculo y el velero. La estela del sol herido de muerte, brillante y plateada sobre las aguas azules, nunca fue igual y, a buen seguro jamás lo será porque esa foto que guardo en mi memoria, en el cofre de los tesoros de un niño, pervivirá siempre… delfines acompañándonos entre ese sol y nosotros, a contraluz y en paz.

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CUANDO LLEGUE EL DÍA DEL ÚLTIMO VIAJE,

Y ESTÉ AL PARTIR LA NAVE QUE NUNCA HA DE TORNAR,

ME ENCONTRARÉIS A BORDO,

LIGERO DE EQUIPAJE, CASI DESNUDO,

COMO LOS HIJOS DE LA MAR.

(ANTONIO MACHADO)

miércoles, 30 de septiembre de 2009

LOS SECRETOS

AUNQUE TU NO LO SEPAS

Aunque tú no lo sepas, me he inventado tu nombre, me drogué con promesas y he dormido en los coches. Aunque tú no lo entiendas nunca escribo el remite en el sobre… por no dejar mis huellas. Aunque tú no lo sepas, me he acostado a tu espalda y mi cama se queja fría cuando te marchas. He blindado mi puerta y al llegar la mañana no me di ni cuenta… de que ya nunca estabas. Aunque tú no lo sepas nos decíamos tanto, con las manos tan llenas… cada día más flacos. Inventamos mareas, tripulábamos barcos y encendía con besos… el mar de tus labios

martes, 29 de septiembre de 2009

REFLEXIONES: ¿MIRAR SIN VER?

UN REGALO, UNAS PALABRAS Y DE REPENTE UNA VOZ LEJANA Texto: Jorge Bermejo / Fotografías: Iván Ayllón Entre los árboles del río, había, en efecto, muchas sombras, aparte de la mía, y un murmullo interminable de palabras y sonidos que el ruido de la espuma, en los rabiones, no alcanza a sepultar... (JULIO LLAMAZARES - La lluvia amarilla) Música que acompaña la lectura de “Y de repente…
Gloria Estefan: Hoy
Jo Manji: Beyond the Sunset
Tengo marcado en el pecho todos los días que el tiempo no me dejó estar aquí. Tengo una fe que madura que va conmigo y me cura desde que te conocí. Tengo una huella perdida entre tu sombra y la mía que no me deja mentir. (GLORIA ESTEFAN – Hoy) También en el texto Somos aire, dócil materia, maleable y frágil construcción que se quiebra como porcelana al caer al suelo. Tan pronto somos sonrisa como un instante después la sal de una lágrima, somos puro sentimiento o un muro sobrio y sordo, somos todo eso y más, ¡lo eres!... Solo depende de cómo nos miremos en el espejo del agua del río. Apena hay algo que nos diferencia de “aquello” que nos persigue y es que “aquello” ya pasó o debe pasar. Pero ahora seguimos condenados a luchar, a sufrir y pelear porque el sufrimiento, como la alegría, es innato y no es ajeno. A veces nos ocultamos en dimensiones paralelas observándonos desde otro plano como auras sobre nuestras cabezas y percibimos que estamos vivos pero dormidos, nos encontramos aletargados porque vemos la vida pasar, y mientras la sentimos así bien podrían quemarnos con un ascua que seguiríamos inertes. En estas, en ese invierno permanente, buscamos refugio para no sentir la agonía… quizás dejando el tiempo pasar. Y en otras, en esas noches tan oscuras, gritamos a nuestra manera pero solo nos escucha el viento. Sabemos que estamos vivos porque sentimos cada vez más pesada la condena. Necesitamos escapar pero más allá de la puerta entreabierta todo parece hostil y apenas llegamos a percibir el cuchillo de la luna de plata penetrando por el único resquicio que permanece abierto. ¡Debemos llegar hasta allí!, pero… ¿que hay más allá?. A veces, también, no huimos ligeros de equipaje y eso atemoriza el espíritu y coarta las decisiones, por eso preferimos el refugio en que nos encontramos a ver más allá de lo que los ojos nos muestran. Entonces realmente somos almas inertes que vivimos porque respiramos pero nos asfixiamos cada vez más. Tan solo esperamos, esperamos… esperamos… Con la luz de la mañana salimos de nuevo, cargados de intenciones, a vernos reflejados en el cristal del río, a encontrar un espíritu cada vez más cansado y decrépito sin mirar todo aquello que nos rodea, aquello que nuevamente en la noche atemorizará el alma, y entonces nos preguntaremos qué nos sucede y como se nos escapa la vida. Soy una moneda en la fuente, tú mi deseo pendiente, mis ganas de revivir. Tengo una mañana constante y una acuarela esperando verte pintado de azul. Tengo tu amor y tu suerte, y un caminito empinado. tengo el mar del otro lado, tú eres mi norte y mi sur.
No estamos vivos solo por respirar, ¡dímelo tú si has entrado como molécula en tu sangre!, si has recorrido tu cuerpo, nuestro cuerpo, para sentir como eres, qué necesitas o qué sientes. ¡Dímelo tú si has gritado!… y si no calla y escucha hasta que lo hagas. Y después, tras ello, ¿qué nos queda? vacio. Antes un vacio insondable, después un vacio diferente, nuevo, extraño, ¡llámalo desconocido!, siéntete descolocado… pero todo, en su ciclo, ha de volver a comenzar. La pregunta que permanece entonces es: ¿hemos aprendido la lección?. De repente una voz lejana, como un susurro desconocido que se acerca a mi sin descubrirse, que lleva la marca que llevo yo, aparece entre las sombras, sigiloso, desconocido… pero no me da miedo, no me molesta. Y aún desconozco si cuando llegue hasta aquí ya rayará el alba o seguiré sentado en mi propia oscuridad, temeroso e invisible en un bosque de árboles que hablan lenguas de viento, que vienen y van, que no necesito escuchar. Llegará despacio, quizás para ese alba definitiva que no será hoy porque ahora, aquí y así, sigo despertando de nuevo como cada amanecer, envuelto en promesas que las horas y la niebla irán difuminando y al caer la luz, al abrir la puerta de los miedos, me encontraré de nuevo solo, mirando a mi alma que llora otro día en que todo sigue igual. ¡Ah, el alma!, ahora volátil como el ser. Lo mismo es aire frío que hiela mi respiración como se transforma en lluvia salada que moja las comisuras de mis labios cuando, incontrolado, brota naciente en el cielo de tus ojos, cargados de tormenta, cansados de aguaceros, preñados de recuerdos. Y así todo sigue igual, todo salvo yo, ¡ósea nada!. Hoy voy a verte de nuevo, voy a envolverme en tu ropa. susúrrame en tu silencio cuando me veas llegar. Hoy voy a verte de nuevo, voy a alegrar tu tristeza. vamos a hacer una fiesta pa' que este amor crezca más. Todo sigue igual salvo el fruto de mi frutal, la flor en mi vergel, el refugio de esa, mi lluvia salada. Es entonces cuando corro en busca de silencio bajo el cobertizo de mi jardín, junto a mi frutal, joven, mío, calor, sol, agua para beber, risa para reír… ¡pero después todo sigue igual!, entonces ¿por qué me sigo preguntando lo mismo sin ver amanecer?. Mientras tanto, y sobre todo, seré si quieres, tu filosofía, tu rincón de literatura o tu último refugio, y seremos un extraño y una sonrisa, la tuya. Lo seré si eso te sirve.
Tengo una frase colgada entre mi boca y mi almohada que me desnuda ante ti.
Tengo una playa y un pueblo que me acompañan de noche cuando no estás junto a mi. Tengo una mañana constante y una acuarela esperando verte pintado de azul. Tengo tu amor y tu suerte y un caminito empinado. tengo el mar del otro lado, tú eres mi norte y mi sur. Hoy voy a verte de nuevo, voy a envolverme en tu ropa. susúrrame en tu silencio cuando me veas llegar.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

LOS PIRATAS Y AMARAL

AÑOS 80

Cuando me hiciste llamar no sospechaba plastilina con color ropa interior recuerdos de allí afuera cómics de ciencia ficción vida interior

Y yo no quiero volver no me repitas jamás que no sabes qué hora es las 7 y 27 o no? ya terminé.... No te echaré de menos en septiembre verano muerto veré a las chicas pasar Será como aquella canción de los años 80 seré como el tipo que algún día fui

Bloody marys en el bar un dejavu matrix está cambiando por la confesión brutal de tu relato.... Y yo no quiero volver no me repitas jamás que no sabes qué hora es las 7 y 27 o no? ya terminé.... No te echaré de menos en septiembre verano muerto veré a las chicas pasar Será como aquella canción de los años 80 seré como el tipo que algún día fui

martes, 22 de septiembre de 2009

REFLEXIONES: Un nuevo relato del viajero

EN UNA HABITACIÓN BLANCA Por: Jorge E. Bermejo

Música que acompaña la lectura de "En una habitación blanca":

ARAB CHILD: http://www.youtube.com/watch?v=ac8TgmYv_iQ

ENIGMA, Carly´s song: http://www.youtube.com/watch?v=YoXgbrAGHLw

A refugio de los pensamientos que, resecos como costras de grasa, se superponen unos sobre otros, espero que llegue el rocío aquel que dicen que ablanda tanto como para rascar con la cuchilla del futuro toda la carcoma que pudre el alma. De esta manera, despertando lentamente al mundo, prefiero permanecer desterrado junto a plantas de albahaca y menta. Escojo recogerme del recuerdo de un largo y cálido verano, tan venenoso para el corazón como profundo para el alma, y espero a que su polvo de limo haga que aquello que deseo olvidar se hunda en el fango de la vida para anclarse allí finalmente. Será entonces cuando solo quedarán los marcados instantes de placer que disfruté. Entretanto espero y espero a que cambie mi estación, recojo la leña de mi fuego o los frutos de los que me alimentaré. Día tras día miraré al cielo en busca de nubes preñadas de agua que me acerquen el olor a tierra mojada, los colores grises de la lluvia o el frescor de los nuevos días y deseo que, cuando las primeras nieves alfombren tierras y tejados, cuando la lentitud de un copo que cae ligero y helado marque las horas, el ser que hoy se esconde respire de nuevo a pleno pulmón. Aprenderá así de lo sencillo mi espíritu apocado hasta entonces. Lo hará también de ti como de la luz y de cada instante, de la sencillez de los helechos que solo habitan donde el aire es puro y fresco para permanecer verdes explotando en toda su belleza, y en su sencillez será como partículas de humedad que flotan en el ambiente de un bosque profundo, como cortina blanca y vaporosa que ondea libre en su ventana encalada. Pero ahora, mientras los pensamientos se reflejan en el cristal plano y, por momentos, transparente del río que tengo frente a mí, la mente, que es un álbum de fotografías sacadas por la cámara de la retina, organiza y archiva cuanto ronda en la cabeza. Todo debe quedar grabado para recordarlo en los momentos adecuados. Muchas veces, lo extraño de una vivencia, de una situación, se basa en los detalles que quedan y muchas otras resulta ser todo lo contrario, cuantos menos detalles… es mejor.

En una habitación blanca, sin apenas detalles, más bien vacía y austera, como aquella en la que lo vi por última vez, como aquella en la que me despedí de él para marcharme yo, me cité hoy con el viajero. Al fin ha regresado y tengo la certeza que es para quedarse. Lo encontré nuevamente muy desmejorado pero mucho más feliz. Tenía el pelo corto y se había afeitado, no estaba como en el último recuerdo que guardo, un recuerdo triste, una imagen voluntariamente solitaria. Es una habitación blanca permanecía solo y en silencio, sentado sobre una gran silla castellana de madera repujada. Sencillamente miraba por la ventana como llovía sobre Madrid. El humo de su cigarrillo distorsionaba la imagen pero no había duda sobre quién era aquel que se parapetaba tras unos ojos hundidos. Cuando la puerta se cerró gimiendo detrás de mí el viajero se giró y me miró directamente a los ojos. Intuyo que quiso saludarme con un leve movimiento de cabeza y media sonrisa franca, como si no tuviese palabras o le hubiera sorprendido mi presencia, por eso creo que no sabía que llevaba unos instantes observándole y también por ello me preguntó cómo le encontraba. Después se levantó acercándose con paso corto hasta mí para fundirse en un abrazo más bien de necesidad. Durante algo más de media hora, mientras caía la tarde, estuvimos hablando de asuntos banales, de la ciudad, de sus costumbres o de lo cara que se había vuelto la vida aquí. Yo procuraba escucharle atentamente, de cualquier asunto que trataba se podía aprender mucho junto a él… pero hoy creo que era la muerte y yo debía decirle que quería alejarme de su lado. Estar con él pertenecía a mi pasado, él siempre decía que la vida se compone de instantes que pasan meteóricamente, sin apenas percibirlos más que en la globalidad de las cosas y en sus resultados... por eso, según él, daba lo mismo saborearlos o no, lo que importaba era aquello que al final hacíamos. Fue entonces cuando caí en la cuenta que debía alejarme de él, de esa riqueza interior que me fascinaba, que me atraía… pero que me estaba matando lentamente. -Quiero que vuelvas conmigo a la tierra de las arenas y el silencio- me dijo –he vuelto para llevarte conmigo, aquel es tu sitio y si piensas en ello te darás cuenta que es cierto-. Pero no contesté. Mirándome fijamente esperó un rato en silencio a que yo cediera, a que le dijese que sí pero permanecí en silencio y creo que comprendió el mensaje. Sencillamente carraspeo y desvió la mirada hacia la calle. -Tu también te has cortado el pelo… y te has afeitado. Tienes aspecto cansino y estás… cambiado- -Lo necesitaba, estaba asfixiándome en esta cabeza de león- -¿Y qué pasó con aquel viejo amigo de las noches estrelladas?, ¿de las soledades compartidas?, te recuerdo por igual decidido y temerario o triste y tembloroso… todavía te recuerdo con la mirada fría, en silencio, pensativo entre mapas y fotografías, tomando notas y preguntando cada detalle, bebiendo té rojo con hierbabuena, cargado tanto como te gustaba, pero también veo tu imagen junto a aquellos niños tristes que te rodeaban y tiraban de las perneras de tus pantalones. ¿Dónde estás ahora?- -He vuelto a casa, todavía estoy en camino pero he decidido regresar- contesté convencido de mi mismo. -¿Estás seguro?, siempre puedes volver, allí está tu casa también- -Allí estuve solo de paso…- -Tengo trabajo para ti y un buen sitio para quedarte. Sabes que tengo mucho dinero, que puedo pagarte muy bien. No te faltará de nada- -Lo siento, he regresado para quedarme… nunca más volverá allí… ese no es mi sitio. Quiero que no quede nada de aquello, quiero borrarlo y te pido que no insistas- insinué al viajero –la decisión está tomada y… no es solo por mí, se lo debo a alguien- -¡Si es tu decisión!… pero volverás, más pronto o más tarde, lo sé. El problema es si yo estaré o estarán otros. Piensa quien eres, jamás podrás abandonar lo que has hecho ni lo que es tu vida en una cuneta como el que vacía un cenicero de coche, ¡nadie puede!. Los fantasmas tan solo quedarán dormidos y cualquier tarde, cualquier noche te despertarás nervioso y ellos contigo. ¿Qué harás entonces?, ¿volver a empezar como ahora?, ¿comenzarás una nueva vida cada vez que ocurra eso?. Piénsatelo de nuevo- La tarde se tornaba fría sobre la ciudad, ya no hay mangas cortas por las calles y antes de darnos cuenta el otoño de atardeceres rojizos, de paseos alfombrados con hojas y frutos cubrirán el suelo de esta maravillosa y extraña ciudad. Yo sentía el frío que se colaba por la ventana, sentía el frío de la mirada del viajero, la percibía sin ser muy consciente de que acababa de decirle que no. Me sentía solo frente a él y busque refugio en el recuerdo de unas facciones femeninas, unos ojos hermosos, una piel que sentía mía, un paseo por ese Madrid que me esperaba fuera de aquella habitación blanca, sin espejos, sin cuadros que reflejasen la luz o una cara cuarteada por el sol. Recordé un día de domingo, reciente y precioso… Plaza Mayor y Cuchilleros, las tascas de La Cebada y el sabor de la cebolla caramelizada y, entonces, solo entonces, supe que había tomado la decisión acertada. Ahora es de noche pero no veo las estrellas, es de noche pero no hay silencio sino la voz del Madrid bullicioso que rebaña las últimas horas de verano o las primeras de otoño. Ahora, que es de noche, siento como si acabase de llegar, como si comenzase de nuevo y tan solo hace unas horas que he dejado al viajero en aquella habitación blanca. En este momento observo el tiempo cuajado de dudas y repleto de empalizadas que debo sortear al fin solo… ¿o no?. En Madrid, durante las últimas horas del verano y las primeras del otoño…