martes, 17 de agosto de 2010

LAS ESENCIAS DE LOS PUEBLOS DE ESPAÑA II

MADRID DE VILLANÍAS Y NOBLEZAS
Por: Jorge E. Bermejo
...A Sonia, sencillamente por todo... ¡gracias!
Resulta que es cierto que soy un villano, chamberilero de Madrid a mucha honra y animal aunque no Gato. Reconozco a ciencia cierta que esto último no lo soy, pues el diestro felino huiría por los túneles del Metro en lugar de soportar sus huelgas desproporcionadas y fuera de lugar. En cualquier caso eso no me resta posibilidad alguna para compartir la identidad matritense con la de esa España nuestra, de los que queremos, y por extensión de un mundo cambiante que no deja de sorprender a propios y extraños.
¡Pues sí que es cierto que soy villano!, aunque la deformación transformase un día en peyorativa una denominación con la que nacemos los de aquí. Y resulta que también me siento orgulloso de serlo teniendo en cuenta, además, que es de lo poco tradicional (en comparación con su riqueza popular) que quedará en mi ciudad a este paso. Y es que este Madrid ¡es mucho Madrid!, tanto que a veces sufre presiones para hacer olvidar de donde procede y, ni con estas, se podrá extirpar la grandeza de ser territorio amplio de memoria y acogida, de historia, vida y costumbrismo permanente, de literatura y protagonismo en ocasiones inmerecido. Recordando a Agustín de Foxá, este lugar sigue siendo afortunadamente Corte y afortunadamente también ya no es checa sino cittá aperta para quien deseé venir y establecerse o pasar, pero siempre con respeto y correcta ciudadanía, tanto incluso como la que deben buscar los que creen quererla in absentia.
Sin embargo, querido amigo lector, el Foro es en estos días un reflejo que se mira a la luz de la luna llena en el espejo del Manzanares, nuestro río tan chulo como el que más porque pretende estar a la altura de la Villa que atraviesa, pero ni él, cuajado de obras como está, se libra de la afirmación maniquea que nos atribuye ser la ciudad que nunca duerme, que siempre permanece levantada... entre zanjas y remates. ¡Aún con todo ello, ahora se viste de entrañable tradición y se sabe protagonista de la evolución capitalina!.
De esta manera, disipada en la bruma del blanco y negro, quedan en él para siempre las reuniones de lavanderas, contándose chismes de modistillas resabiadas y chisperos de Cuatro Caminos, o los tendederos para secar la ropa al sol cerca del Puente de Segovia, en sus riberas y bajo la atenta e inexpugnable mirada de la Catedral de La Almudena, que llora porque no acaba de ser aceptada como epicentro litúrgico para los madrileños más ortodoxos. Son los que siguen mirando de reojo y desde la añoranza a la popular Colegiata de San Isidro (antigua catedral), que en estos días cede su protagonismo a la iglesia por excelencia del quince de agosto: La de La Paloma. Durante esa fecha muchos castizos y otros que no lo son tanto, vitorean, se emocionan y lloran mientras ven a los bomberos (de tregua en sus coloridas protestas contra el alcalde) descolgar el cuadro de la Virgen que los tutela, la suya, la de su advocación.
Pensando en esto me niego a olvidar ese Madrid de tridiciones, teñido (como he mencionado) en tonos costumbristas e incluso tan romántico como relatase don Ramón de Mesonero Romanos allá por el XIX. Ahora, creo, aquellos espacios que vibraban con los chotis y la verbenas se van reduciendo absorbidos a golpe de fritanga cara en negocios desproporcionados, macarreo y organización artificial, de manera que si el propio Agustín Lara levantase la cabeza se quedaría perplejo y sin inspiración para cantarnos.
Madrid debe ser relevante por la importancia de lo que ofrece y por lo que sus ciudadanos hacen, pero estos días, y me temo que los próximos meses, será noticia por temas que nunca deberían ser protagonistas en una ciudad... las luchas intestinas de quienes la quieren manejar a un antojo distante en demasía de aquello que los madrileños pedimos: Trabajo, pan y paz.
El socialismo madrileño, débil y podrido hasta el tuétano como reflejo de su realidad nacional, se gangrena sin remedio, y el agotado Gallardonismo, que desea envejecer aferrado al sillón del Consistorio, se frota las manos calculando el tamaño de su rodillo cocinero para aplastar las voces que piden un cambio. En estas, lector amable, bien ilustraría tal situación la anécdota que le sucedió a La Chata, la Infanta de España -tan querida por los madrileños de la época-, y así, entre unos y otros solamente me queda por decir en este asunto que... ¡Madrid!... entre flor y rosa su majestad... ¡es-coja!. Por eso no es baladí mencionarlo, ya que observando la locura que se avecina en la capital percibo que todo esto es, más bien, cuestión de hastío y no de agallas (como las que tuvo la florista de marras con la Infanta), pues muchas veces bien se sabe que para preparar un buen caldo de pescado precisamente hay que quitarle a la cabeza del pez esta parte mencionada antes de echarla al puchero.
En el deseo de no transmitir música para las penas ni letanías lejanas de lluvia ácida, que por naturaleza suelen ser melancólicas, merece contar que hoy caminé al anochecer desde el Templo de Debod (donde el visitante podrá deleitarse en la balconada, que abarca con la vista más allá del Parque de Atracciones, con un romántico juego de luces que regala el ocaso hacia la Casa de Campo) hasta el Palacio Real, y de ahí hasta el callejón de San Ginés. En su vieja y entrañable librería de madera, que supervive en el tiempo como un dinosaurio cultural, he descansado el camino antes de zambullirme en la bulliciosa calle Arenal, que pasa por ser de todo menos aburrida. Resulta ser una mixtura de recuerdos contrapuestos donde murieron toreros y nacieron ratones que aún regalan dinero a los niños cuando se les cae un diente. Si el paseante con la imprescindible condición de no mirar el reloj, observa los primeros pisos de las fachadas podrá confirmar cuanto digo. Esta calle es un ejemplo de ese Madrid que es tan diverso como entrañable y alegre, pero también convulso, a veces reaccionario, siempre paciente y en ocasiones desentendido. Quizás por eso esta Villa y Corte ha sido y es el refugio más amable de mis penas y mis alegrias, aunque no el único. Solamente hay que saber buscar un buen sitio, acorde con el momento.
Definitivamente nuestro Magerit es un lagarto al sol que está mudando la piel una y otra vez como fiel reflejo de diversos factores surgidos de las nuevas necesidades, y resulta que el actual gobierno municipal, paralizado y endeudado, no es la mejor vitamina, como no lo es la principal oposición que, mediante el todo vale que nos llevan demostrando desde siempre, desea entrar a cualquier precio en la capital, que se resiste a su zarpazo desde hace muchisimos años.
Yo, por mi parte, ya he abierto los ojos pudiendo mirar a la lejanía del futuro, a ese cielo azul que es tan forero como el dicho popular (¡de Madrid al cielo!).
Aquí, donde casi nada es lo que se espera, el tiempo no transcurre o lo hace demasiado rápido, según deseé el propio interesado, y ahora en este amanecer de tonos magentas, sopla fuerte el viento que huele tanto a nardos como a claveles frescos, a tierra mojada y aires limpios de la Sierra de Guadarrama, y en mi camino azuza con fiereza el castizo estío que regresa un año más vestido de chulapo para refrescar entre piropos, limonadas y sangrías a la emperatríz de Lavapies, la cual y a buen seguro, estará en alguna corrala contando chismes madrileñisimos a La Casta o La Susana, mientras todas ellas se protegen del relente apañándose su mantón que vale demasiado parné.
En esta escena tan de aquí no falta don Hilarión, que las espera poniendo velas a su patrona, Paloma, la madrileña, que no llega nunca sin que Lorenzo y Cayetano lo hayan hecho antes. Y siempre es así porque cuentan las malas lenguas que son celosos de los que se echan a la calle para gritar... Guapa, guapa y guapa al paso de una Señora que pisa los pétalos de aquellos claveles reventones, rojos y blancos -muy colchoneros aunque uno sea merengue- tan propios del uniforme castizo. Si el paseante se fija podrá ver que entre el bullicio se han colado Mari Pepa y su Felipe, estirados como pocos, cameladores como ninguno, paseando su guapería entre olores de refrito y vísceras... entresijo y gallinejas, y griterío de barquilleros que invitan a mocillas y soldadesca para que prueben la suerte del barquillo en la rueda...
¡Al rico barquillo de canela para el nene y la nena!,
son de coco y valen poco, son de manta y alimentan.
De vainilla.... ¡que maravilla!, y de limón que ricos, que ricos que son!...
Así, a golpe de memoria recobrada y tradición, pienso en este Madrid tan nuestro, pero también de aquellos que aún están por venir y crecerán aquí como lo hace la Gran Urbe para extenderse naturalmente en lo que antes no eran ni arrabales y ahora son fases de promoción urbanística. Aquí sabemos algo de la construcción, después de la burbuja económica queda explicar que nuestro chotis se baila sobre un ladrillo mucho antes que surgiesen los aprovechados del pelotazo. Y pienso en esta ciudad -una inmensa corrala-, que debe mirar a sus vecinos y dar motivos para seguir en ella, en correcta convivencia, y en sus inmensas posibilidades para el siglo XXI, porque no es bueno estar desavenidos sino trabajar en UNIÓN, ni mucho menos que la ciudad siga sufriendo un gobierno con mayoría absoluta que aprovecha su posición predominante. Es imprescindible esa tercera fuerza que intermedie en la capital y apoye el PROGRESO matritense en su conjunto, pero no se venda a los cantos de sirena sino que actúe como muchos madrileños (cada vez más) deseamos para que todos juntos caminemos en convivencia y DEMOCRACIA.
¡Lo merece Madrid!, ¡claro que sí!.

miércoles, 19 de mayo de 2010

LAS ESENCIAS DE LOS PUEBLOS DE ESPAÑA I

PUEBLO FANTASMA
Primer capítulo de la serie
(NOTAS Y RECUERDOS EN GUADALAJARA)
Por: Jorge E. Bermejo
Para detener lo fugaz,
lo instantáneo,
hay que fijar la vista en una cosa,
mejor cuanto más efímera [...]
y grabarla en la memoria
para poder algún día rescatar
a través de ella ese momento
(Julio Llamazares - ESCENAS DEL CINE MUDO, 1994)
Ahora no sabría decir cuando llegue aquí, parece que fuese hace mucho tiempo. El lugar, barrido por los vientos que mecen los espigones más altos me invita a la intemporalidad y yo comulgo con él. Estoy sentado en la soledad y el silencio, entre el cielo, el suelo y los abismos; sintiéndome gravitar en tres dimensiones... pero no es nada, esto... no es nada, tan solo alimento de almas descarriadas.
El ocaso que me va envolviendo se precipita veloz al vacío de la sima que está más allá, pero aquí es vapor de agua que me moja, olor a tomillo y romero que me embriagan... ¡Pero todo esto no es nada!.
Ayer dormí en un granero, con ratas. Mientras las escuchaba corretear a mi alrededor, sin luz, las imaginaba monstruos gigantes que se erigían amenazantes.
Por eso he venido hasta lo que queda del ayuntamiento-escuela (antaño era frecuente esta distribución en el mundo rural). Fuera, escribo sobre un buen montón de piedras, a buen seguro de un derrumbe, de lo que fuera una de las alas principales. En la planta superior voy a dormir está noche para evitar la visita de los lobos. La escalera de acceso está rota y no se puede saltar. Dicen que anoche los hubo rondando por aquí. Bajan buscando el rastro de ovejas heridas, enfermas o moribundas, las más débiles, aquellas que se retrasan y se pierden con facilidad.
Permanezco sentado, escuchando el viento y escribiéndote. Los trazos salen solos, es imposible no encontrar razón para hablarte en un sitio así. Razones son ruinas, como todo aquí. Como todo el pueblo que ya no existe. Lo está devorando la carcoma de la vida y los hombres le damos alguna que otra puntilla. Aunque solo sea por eso, por ser lo que fue por un instante... estoy aquí, reverenciando este pasado y reivindicando esa historia. Hoy logró calentar el sol durante su zenit, pero luego todo volvió a ser gris, ¡hace frío en estos duros parajes!.
Estoy muy cerca de las provincias de Soria y Segovia, en tierras colindantes entre Castilla-La Mancha y Castilla-León. Pueblos que se asfixian, que dejan de regalarnos esencia de pasado emulsionadas entre olores y sabores, veranos, visiones o memoria, ¡sonrisas y lágrimas!. Aquí ya no huele a leña ardiendo en el hogar, ni a puchero burbujeante al calor de lumbre. Por más que busco no encuentro huellas marcadas por la gente al caminar. No las encuentro, no quedan. Por aquí... ¡hace demasiado que nadie volvió a pasar!.
Ya no hay repique de campanas a los cuatro vientos anunciando a los labradores de la comarca buenas nuevas, y no tan buenas. Ni se escuchan letanías en días de guardar, tampoco contestan las abuelas enlutadas musitando "amén... amén...". No hay miradas furtivas ni besos escondidos en un establo, no existen, ni provechosas penumbras, ni candiles encendidos, ni música de lluvia rompiendo sobre los portones. Nadie me esperará esta noche junto al caño de la fuente ni escucharé a mi regreso bullicio de cantina (me temo que, quizás, aquí nunca la hubo como tal), ni los nudillos golpear sobre la mesa durante las manos al tute o... ¡lo que sea!.
Simplemente, ya no hay pueblo. Hay ruinas sepultando las historias de los que lo hicieron vivir, y sin embargo, si paseo por sus callejas puedo escuchar de otra forma, a un tiempo, sus voces y sus sonidos. Llegan a mi como susurros lejanos y deformados, como viento que se engancha en el campanario y gime su dolor. y entre todo, una extraña neblina se contorsiona formando espectrales figuras de aspecto humano.
Entre todas, tan solo una casa familiar ha sido reconstruida para albergar los veranos de los que recuerdan, y otro par ahora son graneros. Queda la iglesia, pétrea, con esa torre-campanario que miro ahora con ojos diferentes (no diré porqué). Juega por igual con las luces del amanecer o del ocaso y sirve al viajero como Faro de Alejandría en este paraje inhóspito. Miro de nuevo la torre, que sigue recibiendo a los vientos de frente, como debe ser. Entre el crepúsculo y yo su silueta se perfila enigmática y llama poderosamente mi atención, como también lo hace aquello que esconde, guardando el sueño de aquellos que están enterrados a sus pies, donde la tierra es sagrada y morada de la eternidad.
La noche se cierra y afortunadamente no la pasaré solo. Puedo asegurar que no es plato de buen gusto hacerlo ahí. He dormido al menos tres horas del tirón, pero al fin me he despertado de madrugada desvelado por el crujir de la madera y los ruidos en el silencio. Durante la noche los lobos han rondado el pueblo, he visto a uno. Yo estaba en ventana, bajo la luna llena que dibujaba una fotografía blanquecina y fantasmagórica en el contorno, los ojos de uno de ellos me han disparado un fogonazo. He permanecido inmóvil y lo he visto volverse sombras calle arriba.
Ya se cuando llegue, hace tres días. Entonces, ante mi, se abría un pueblo fantasmal, en un silencio originado en la misma causa que se repite en otros muchos a lo largo y ancho de nuestra Piel de Toro: El abandono.
El camino para acceder hasta aquí apenas existía, era tan solo una línea serpenteante que se perdía entre matojo y ramaje. Mis pasos crujían en el suelo, aunque estaba cubierto por una alfombra de ortigas admirablemente crecidas. Siguiendo lo que supuse era un sendero, llegue bordeando muros hasta los abrevaderos de lo que antaño fuese el pueblo y hoy no es más que hermosas ruinas custodias de percepciones de una vida... de muchas vidas. Es escondite secreto donde hablar con el viento que se filtra por las oquedades, entre las tejas cuajadas de musgo. Aquí y allí se motea el suelo y las esquinas con restos de basura de, al menos, treinta años atrás. Mientras escribo he desviado la mirada hacia mi mano. El puñado de tierra que se escapa entre mis dedos lo hace de forma inconsciente, más bien instintiva, como corre más allá el arroyo alimentado por lágrimas de los que vieron agonizar este pueblo.

martes, 27 de abril de 2010

SURCOS DE SAL MARINA...

¿ME ESTÁS HABLANDO?
Por: Jorge E. Bermejo
Música que acompaña la lectura:
Elmara: Sky in your eyes
Rue du soleil: In my heart
...Encontradas pelean
las olas, en sus hombros sosteniendo
los bajeles al cielo levantados;
estremécese Gades...
A la batalla de Trafalgar
Fco. Sánchez Barbero
(1764 - 1819)
Cuando el ojo de buey es todo el mundo exterior la vida se reduce a imaginar espejismos con una mirada detenida a través del cristal. Mientras silencias la frescura de un espíritu relajado, el cerebro recopila y ordena decenas de fotografías mentales vividas apenas unos minutos atrás. Ahora tan solo son ensoñaciones con proa afilada que se clava en la lejana costa africana o de una vela blanca hinchada, resistiendo en peligrosa tensión el embate del viento mientras cabos y obenques tintinean sin cesar en lo que resulta ser la banda sonora del Respetado Azul.
Entonces percibes de otra manera las sensaciones, dibujas con detalle y claridad las escenas que antes el obturador de la retina captaba difuminadas o borrosas. Recuerdas el timón muerto, dejandose llevar aferrado al espejo de popa, o aquella brújula que giraba sobre su eje sin marcarnos el rumbo y las caras que expresaban preocupación. Tras todo ello he pasado al silencio de un habitáculo estrecho de madera y fibra donde se reflejan la luces y las sombras de la tarde que me lleva a tierra de Berbería.
Durante la travesía, cuando bajé al camarote para cambiarme de ropa y abrigo, me quedé mirando más allá del cristal moteado por el vaho y perdí la noción del tiempo en el mar. Recuerdo que subía y bajaba escupiendo llorosas gotas que resbalaban hasta desaparecer bajo las juntas del costado de babor dejando a su paso mortecinas estelas saladas, blancas como el trapo que nos mueve. Detrás está ese mar del que hablo, que golpea una y otra vez mientras la escora muestra lo que puede ser su bravura y nos balancea.
Nuestro llevador gime y se retuerce, su piel de madera cruje musitando chirridos mientras permanezco es silencio, dejándome llevar por uno de los instantes más maravillosos que suelo sentir en mi vida: La comunicación con el mar. El diálogo sin guión prestablecido (en estado puro) de las olas que rompen contra el casco y las maderas que contestan igualando la disputa. Y yo espero que todo mejore, escucho sumido en la humildad de quien se sabe insignificante en el hogar de la galerna, guardando el silencio producido por cierto respeto que jamás se debe perder si no quieres ser devorado por esta magnitud tan cambiante como desconocida. Sin embargo estoy sereno, atendiendo sumiso como un hijo que escucha a un padre enfadado, mirando por la diminuta ventana que lo es todo ahí, en esas horas, viendo pasar las crestas de las olas coronadas de espuma blanca e imaginando sirenas a lomos de caballitos de mar, calesas construidas con conchas y tiradas de juguetones delfines, y, por momentos olvidas el frío de la ropa mojada o el color amarillo del chambergo empapado que se balancea colgado de una diminuta percha.
Apoyado contra una mampara que separa dos camarotes, intento perder la mirada más allá de la borda, quizás entre las nubes o en el cielo... o posiblemente no miro hacia allí, sino hacia mi Moleskine negro, que duerme sosegado en un rincón, arropado entre toallas pero clamando sentirse abierto y hablar, respirar, ser escrito sobre el mar, donde ha vivido sus mejores trazos de amor, de recuerdos y al fin de sentimientos encontrados.
Sobre el camastro reparo en la contradicción del ser humano, o quizás en la mía. Me refiero a aquella, fraguada al calor del hogar, que me lleva a pensar en que todos tenemos que morir algún día y, si ese medio me gusta, porqué no hacerlo en la mar. Sumido en la nube mística (incluso tocante al romanticismo desbordado y seguro) todo se presta a la libertad para pensarlo, pero luego, en el mar, me vuelvo realista y creo que preferiría hacerlo en mi cama, en casa, sin darme cuenta... quizás durmiendo el sueño de la bruma.
Entretanto divago voy jugando con el dial de mi radio, objeto indispensable en la mochila. Busco sonidos que reconozca, palabras que comprenda sin esfuerzo, algo que me acompañe en la naciente somnolencia y así, mi artificial compañera comienza a emitir interferencias metálicas y estridentes hasta que surgen voces lejanas, como la tuya ahora. Llegan en francés, inglés o árabe y al fin, en español, una voz femenina desentumece mis pensamientos.
El tiempo, arriba, ni mejora ni empeora, sencillamente se mantiene, pero en el mar todo cambia por momentos y su espejo brillante, acuoso y tranquilo puede romperse en mil añicos, en cristales que no cortan pero asustan, en gargantas yodadas que tragan barcos hoy tanto como lo hicieron con nuestros antepasados. Es el mar, no pretendas cambiarlo, solo respetarlo, aprender y adaptarte pues aquí eres invitado a su casa.
En el camarote-salón la emisora permanece muda. Su silencio no me tranquiliza, como no lo hace la ceguera intermitente de una pantalla que cambia radicalmente los datos de posición a cada segundo, marcando al libre albedrío un rumbo y pasando alocado a otro diferente de inmediato, sin control... norte, sureste, este, suroeste, norte de nuevo, la pantalla se va y viene, ahora desaparecemos de nuevo y, como Neptuno, surgimos de la nada de nuestro particular Triángulo de las Bermudas y volvemos a existir... oeste, noroeste. El radar está sin datos. Por más que lo chequeamos sigue mostrando vacíos los círculos concéntricos para demarcar millas, pero ninguna lectura. Sin embargo ahí fuera esta lleno de barcos, son grandes cargueros, buques gasolineros o atrevidos veleros que pasan a milla y media de nosotros. Es el Estrecho, los vemos ir y venir a simple vista, pero el tablero debió generar un fallo electrónico en los sistemas.
La radio, en mi camarote, sigue acompañandome. Solamente se sintoniza una emisora en español, se suceden las entrevistas o la música en un programa de tarde al refugio de la tranquilidad de un estudio a demasiados kilómetros de aquí. Hasta hace poco también sonaba música en el equipo del barco pero ahora todo permanece en silencio y se escucha flamear alguna vela que no desea ser bien cazada. De proa a popa nada debe pertubar las instrucciones de navegación dadas a viva voz. Todo debe ser rápido, conciso y claro o puede ser peor. En cubierta hay preocupación una vez quedó inutilizado el timón y nos vemos obligados a llegar con métodos manuales de emergencia. Una T metálica de brazo demasiado corto ofrece la única solución aunque quien la maneje esté vendido a las olas que entran en la bañera. Los mareos se dibujan en las caras de algunos tripulantes y yo pienso una y otra vez en la frase lapidaria, en el consejo de superviviente, que nos ha dado uno de los compañeros: En la mar, en una situación así, cuando piensas que debes hacer algo es que ya lo tenías que haber hecho hace quince segundos. Por supuesto que el margen temporal al que alude es retórico.
La pericia no parece tener efecto por el momento y el barco sigue escorando peligrosamente. Optamos por recoger más trapo pero la vela se ha enganchado y no responde a las maniobras, hay caras de tensión y las corrientes del Estrecho (el séptimo lugar más peligroso del mundo para la
navegación según cuentan los expertos) nos lleva a su antojo alejándonos de la ruta. Con el paso de los minutos la situación mejora lentamente y logramos recoger la vela, la escora va desapareciendo y tenemos que encender el motor para llegar a puerto (todavía demasiado lejano).
Escuchar renquear al barco en horizontal es un alivio. Las miradas se relajan y las sonrisas se dibujan en la lejanía tanto como lo hace la costa africana que al fin oteamos. La vida abordo comienza a normalizarse, un cigarrillo completo, sin estar empapado (todo un lujo que antes no se podía disfrutar), un refresco, una merecida siesta y otros detalles que quedaran en el anecdotario. Cuando al fin llegamos a nuestro destino todavía nos queda sortear a un velero encallado en la bocana del puerto. Desde los muelles ya nos saludan los demás compañeros de travesía. Las tripulaciones esperan nuestra llegada con sus barcos abarloados y recortándose en los que comienza a ser el primer atardecer norteafricano.
He bajado al camarote para preparar los pasaportes. Durante un instante miro por el ojo de buey y veo el cielo. La mar está equilibrada y una luz anaranjada que me transmite tranquilidad, cubre el limitado horizonte, pero los surcos de sal marina siguen ahí, como barrotes de una celda imaginaria cruzando el cristal. Somos los últimos pero hemos llegado bien...

lunes, 22 de marzo de 2010

UN CUENTO CORTO

LUZ DE FARO SOBRE EL HORIZONTE
Por: Jorge Bermejo
IRISH BELSSING
Recuerdo las veces que me he sentado junto a un faro, tengo grabada la luz de las lámparas trazando líneas imaginarias sobre el horizonte y muriendo en la nada del infinito... y alrededor la oscuridad. A los pies de las torres, con la espalda apoyada en sus piedras heladas, quizás bajo una fina lluvia, he visto nacer y morir al sol en el espejo del agua. De esos atardeceres, de aquellos amaneceres que pasaron sin detenerse ya se encargan las sombras de la noche y el minutero de los tiempos de pulverizarlos hasta ser convertidos en partículas del céfiro que las llevó lejos de allí. Ese, el portador de vientos, tan solo dejó las que fueron teas y ahora son brasas que caen en el agua de la vida a punto de ebullición. De las confidencias y risas, de las noches estrelladas, o de las que trajeron lluvia, de las que absortos nos hipnotizaron escuchando el mar, he llenado mis bolsillos para no dejarlas escapar.
Pero de la primavera muerta, que llegó amortajada para parecer mas bella, ya hicieron las sombras acopio de su carne, y en la tierra, que bebió su sangre, las nubes blancas la recogieron escupiéndolas en el cielo que se torno al instante anaranjado. Y los hombres creímos ver un atardecer. Así, de la primavera muerta, que estaba vestida para ser velada, tan solo quedó el esqueleto y las lágrimas.
He visto llorar al hombre que la acompañaba en su último respeto y, entre dientes, musitaba que era la más hermosa desde el fin de la gran tormenta. Permanecía detenido en un recodo que las copas de los árboles frondosos convertían en penumbra. Allí, en el bosque de su lucidez, en el remanso secreto de su descanso, sobre el leño muerto de viejo y cubierto de musgo, en el espacio donde reposaba a veces con los ojos cerrados, veía sin miedo el sol del ocaso y escuchaba rugir el mar a lo lejos a pesar que el cielo gris traía nubes de tormenta o el viento soplaba fuerte y silbaba sus agonías. En aquel lugar, demasiado cerca del acantilado devorado, el minutero del tiempo no pasaba y los demás, los que caminaban por el sendero, no lo miraban a él ni siquiera un instante, como si fuese un vagabundo en tierra pobres ricos. Parecía no importarle, sentado como estaba en el templo de lo sencillo, arrancando con la mano la hierba que crecía bajo sus pies, en el aire, sin tierra debajo, y así el espacio que pisaba se recortaba tanto como el vacío crecía sin parar.
A la hora de marcharme, mientras seguía arrancando la hierba, besé su mejilla y él asió con fuerza mis manos. Su mirada partió mi alma y quedó fundida en las retinas. Unos metros más allá, cuando giré la vista por última vez ya no estaba, no había hierba donde antes era alfombra y ahora el vacío ocupaba su espacio y yo seguí caminando por la montaña.
Arriba, desde la peña que dominaba el Gran Azul, a caballo de rocas y trechos aplanados, el faro permanecía apagado por primera vez. Nunca más se encendería en el ocaso, pero esa noche el mar resplandecía como jamás lo había visto. Al fin, el farero (de la vida) ya no iluminaba un lugar... sino todo el espejo del mar. En la puerta de su hogar quedo para siempre escrito: Navegante, ¿has encontrado tu faro?...

lunes, 25 de enero de 2010

EL VALOR DE LA VIDA

DE JAMES DEAN A LOS MERCENARIOS
Por: Jorge Bermejo

¿Nunca has soñado con hacer una locura?, quizás arrancar el motor de un coche y huir a toda velocidad, a la máxima que se pueda, por una carretera hasta perderse en la lejanía. Quizás llegues a un destino y te pongas a salvo, o es posible que un vehículo inesperado se cruce en tu camino y todo se acabe, se disipe como el humo, como la bruma de una mañana para olvidar. Entonces… hasta ahí habrás llegado. Puede ser una carretera o un bosque, o una aldea., o una tierra desértica. Puede ser un coche… o un disparo o la propia desesperación.

No hace tanto que vi al Viajero. Estuvimos sentados en una cafetería del centro de Madrid, divagando de recuerdos entre vino e infusiones. Nunca deja de sorprenderme, ha superado con creces la edad en la que determinadas personas establecen la norma “James Dean: Vive mucho y rápido, muere joven.

-¿En que andas últimamente?-

-En nada y en todo. ¡Ya sabes!, cerrando flecos para jubilarme-

Así comenzó una conversación entre dos amigos. Como siempre y poco a poco todo acabó derivando. De un asunto pasábamos a otro sin lograr acertar cual de ellos era el más interesante. Yo no dejaba de observar que, como si de una Garganta Profunda de la vida se tratase, entraba por un lado y salía por otro manejando perfectamente los tempos de la conversación. Recuerdo el momento con agrado. A veces me recordaba a otro buen amigo del que ya he heblado en algún momento (ya desaparecido). Permanecí todo el tiempo con los ojos como platos, atento a cada historia que narraba y lo mismo me explicaba una nueva receta de cocina aprendida en algún extraño viaje (mientras me transmitía con sus manos, dando forma al plato o la receta, toda la ilusión que ponía en ello yo percibía más bien que aquello era un claro síntoma de prejubilación, ahora le llenaban cosas que antes no) como hablábamos de mercenarios o lugares… ¡así es la vida de extraña!.

Ahora que ya no estoy con el Viajero, sentado aquí, mirando por el cristal de la balconada, recuerdo la historia de aquellos jóvenes que, sin pasar de la treintena casi todos, eran ya unos muertos en vida, mercenarios procedentes de diferentes cuerpos militares de especial relevancia (Legión extranjera, Spetsnaz, SEALs, etc…) que a su edad habían pasado por guerras y penurias. Cuando era época de descanso se convertían en buceadores especiales para compañías comerciales energéticas. Así se les podía ver soldando en plataformas petrolíferas o en centrales nucleares. Personas que eran capaces de arriesgar sus vidas, incluso con contaminación nuclear, por una cantidad de dinero que les hiciera llevar una buena vida mientras les durase. En los meses de asueto, aquellos en que ni soldaban ni disparaban, y con cientos de miles de euros frescos en el bolsillo vivían con treinta años como nuevos millonarios en Marbella o en cualquier otra ciudad europea de postín. Gastaban el dinero en coches de super-lujo, fiestas privadas espectaculares, mujeres tremendamente hermosas… de quirófano o no, alcohol hasta caer desmayado y mil variedades de drogas que corrían a raudales. Propinas exorbitantes y suntuosas casas de lujo pagadas en efectivo, donde un mes de alquiler supondría el sueldo de muchos de nosotros, ciudadanos de calle, durante más de un año.

Hablando con ellos, viejos prematuros víctimas de radiaciones desmedidas, de atrocidades bélicas y de corta vida descontrolada, se atisbaba en su mirada y en sus palabras que todo estaba perdido, que la media de vida de ellos superaba excepcionalmente los treinta y cinco o cuarenta años siendo generosos. Ellos lo sabían, alguno era muy consciente de los cinco años que le podían quedar. Lo decían fríamente, mirándote a la cara y apretando los labios para concluir… “cada uno vive como más le gusta”.

Mientras te lo cuentan conducen su potente todo-terreno a una velocidad excesiva y de forma alocada, con música heavy a todo volumen. A veces gritan y aúllan animándose entre ellos y agitan los brazos por fuera de las ventanillas ahuyentando la presencia cercana de otros vehículos.

-Tengo un hijo en Oriente Medio...- comenta aquel chaval, mi interlocutor, regresando al mundo real –Solo me cuesta trescientos dólares al mes que vivan bien él y su madre- después me mira con el ceño fruncido y sentencia… -un desliz- y se ríe.

Regreso al día y a la conversación con el Viajero, que me interrumpe un instante mientras hablamos, para explicarme mil historias de mercenarios condensadas en apenas quince minutos y logran dejarme en silencio, pensativo ante una copa de Somontano con la que ando jugueteando hace rato entretanto prosigue, y a la que no he perdido de vista. Observo su rojo tan intenso como la sangre que puedan haber visto nuestros protagonistas.

El Viajero me recuerda conversaciones que tuve con personas de desconocida procedencia, me recuerda el óptimo negocio que significan estos ejecutivos con dedo en el gatillo y, por último me refresca el lema de Air América, la línea secreta de la CIA: Donde sea, cuando sea, como sea. Sencillamente paga y ya tendrás noticias…

Entonces me queda pensar… ¿Cuál es el valor del dinero en proporción al de la vida?. Todo depende, quizás tanto como cambian las formas. Es posible que ahora, con las transformaciones estratégicas (y la imagen de “Guerras Limpias” que se quiere aplicar, como si alguna de ellas fuese buena) ya no se les denomine mercenarios, quedaría fatal. Son expertos privados en seguridad que trabajan para compañías del sector, lavando su imagen de cara a la galería (por cierto que no debemos mirar muy lejos). Efectivamente cambian las estructuras y se pretende involucrar lo menos posible a los Estados. Aplican estilos de trabajo que un gobierno no puede permitirse, además es preferible no traer a casa ataúdes de propios por el hondo calado que puede suponer en la ciudadanía. Por lo tanto seguirán en la brecha mientras existan gobiernos que soliciten sus servicios, y efectivamente no hay que buscarlos muy lejos ni muy profundamente. Manejan dinero, tecnología y medios para uso bélico con algo más de treinta años, son admirados por muchos y no están mal vistos o son ignorados por la sociedad. El agua negra de los turbios asuntos internacionales se expande y rebosa por tantos bordes y agujeros que nos sorprenderíamos de la frecuencia de uso. Viéndolos en diferentes magnitudes (y latitudes) los encontramos desde el cono sur americano a la vieja Guinea o el lejano Irak. Desde Sudáfrica hasta el este de Europa. O desde tiempos que ya son historia antigua hasta momentos tan actuales que aún a diario figuran en los informativos. Sus noticias son espectáculo desde Somalia a Congo y al fin los encontraremos en todas partes, tan solo varía la manera de actuar, pero lo que sí es cierto es que no resultan ser los tipos agradables del Equipo A que nos vendieron cuando éramos niños.

Sencillamente, reflexionando, llegue a descubrir que ya no se sabe si has estado aquí o allí por el color moreno de la piel, por el sol que has recibido, eso ya no marca diferencias. Entonces, cuando pregunto al Viajero, sumido en sus silencios, observo que sabe más de lo que cuenta, calla o evade con argucias aquellos temas de los que prefiere no hablar, quizás por eso ha llegado a pasar la edad de Dean o de los mercenarios de esta narración, quizás por eso su mente ya está más cercana del disfrute de la jubilación que de viajes extraños y vivencias para atesorar. Y creo que ese será el descanso del guerrero hasta el fin de los tiempos…

Como me dijo el Viajero con otras palabras, con voz pausada y grave, mirándome directamente a los ojos… Y tú dime o calla, ¿te has estremecido ante la mirada del sufrimiento?. Si no te ocurrió es que no eres humano y no mereces ni un minuto ni estar junto a nadie. Son palabras que penetran hasta el tuétano, que quedan grabadas o permanecen eternamente en el subconsciente, latentes pero refugiadas de un mundo cada vez más globalizado pero menos comunitario, con mayores comodidades pero menos compasión. Esto, viniendo de alguien como el Viajero cobra un tremendo sentido a la vez que muestra ciertamente que (aunque a veces el género humano no lo demuestre) todos somos sensibles y podemos transformarnos.

domingo, 27 de diciembre de 2009

HISTORIA: DE MAQUIS Y "LOS DEL LLANO"...

¿QUIÉN OS RECUERDA?
Por: Jorge E. Bermejo . (Cap. 1 de 2)
“Nadie les informó que el mundo había cambiado, que la “guerra chica” hacía tiempo que estaba condenada al fracaso. ¿Fue todo en vano?”… Manuel Leguineche - Prólogo de “El canto del búho” (de Alfonso Domingo)
TRAILER DE PELÍCULA: LUNA DE LOBOS
Música que acompaña la lectura de "Quien os...
LUAR NA LUBRE
LA LISTA DE SCHINDLER (BSO)
Es diciembre de cualquier año… pasado… o presente, porque la memoria nunca debe morir. Hace mucho frío en la montaña, en cualquier montaña de España, ya sea hacia León y Asturias o en el Pirineo, en las sierras del sur o del centro. La nieve cae sin cesar en las zonas más agrestes y los copos van enterrando la memoria de unos ojos que la miran apostados sobre un risco. Son ojos cansados que pertenecen a cuerpos solitarios y olvidados, engañados y, al fin, supervivientes. Allí arriba, donde durante estas fechas solamente rigen las leyes de los inviernos más aterradores, hubo una época en la cual muchos hombres y mujeres hicieron de cada palmo de tierra su refugio y su hogar. Decían de ellos que olían a monte, a lobo, que eran duros como el entorno, pero al final la única realidad es que se llegaban a teñir de un halo de soledad manchada con una extraña amalgama de conceptos que llenaban todo de heroicidad romántica sobre el poso real: eran personas. Ahora son tan solo imágenes en blanco y negro que esconden detrás de ellas, a buen seguro, unas mismas circunstancias (casi todas comunes), las que empujaron a cada cual a vivir en las condiciones más adversas que un ser humano puede encontrar. Estoy mirando hacia la vertiente más angosta de la montaña (de cualquier montaña), donde el sol apenas cae durante algunas horas al día y los hielos se mantienen todo el invierno, donde las rocas puntiagudas, que el tiempo ha tallado como afilados cuchillos, convierten la pared en peligrosos muros grises y mortales. Allí, donde la collada deja de verse y los animales duermen su sueño de invierno, resisten apenas media docena de personas soñando despiertos con una primavera que sea la última estación antes de la libertad. Esperan sentados como cada atardecer por estas fechas. Agrupados en un chozo o en una covacha dejan pasar las horas y la vida entorno a un fuego. Ahora resulta imposible salir y es momento de charlas colmadas de silencios, frases nostálgicas y un cigarrillo de liar o de Ideales. Se les puede ver contraídos frente a la hoguera, siguiendo con la vista el tétrico baile que las sombras marcan en la pared bajo la luz del fuego. Permanecen inmóviles, asiendo una manta por encima de los hombros o mordiendo pan negro con una tajada de queso y escuchando a veces como la nieve, que está viva, se mueve fuera de la cueva o el chozo. El frío se filtra por la entrada, cubierta y camuflada, el viento silba y se extiende por cada rincón, incluso sobre la piedra helada donde alguno se recuesta entre toses y penumbra. Dependiendo de las zonas muchos de ellos también podrán dormir en pajares y casas de amigos y familiares, esos a los que llamaron los del llano, la gente de barriadas y pueblos que los ayudaron aún a pesar de correr peligro su vida.
Mientras leemos esto, protegidos en la comodidad que nuestros medios nos proporcionan, seguimos manteniendo la percepción de encontrarnos ante las vidas, traspasadas al papel, de unos viejos románticos, figuras de leyenda que lejos de llevar una vida cómoda, sobrevivieron en una época doblemente dura por las circunstancias de postguerra y por las suyas propias, las de huidos y perseguidos.
Los años han pasado pero el velo de desconocimiento sigue caído sobre este colectivo que por la propia naturaleza generacional va mermando y pronto serán puramente historia contada. Alias, apellidos o términos como los de Bedoya, Girón, Juanín, la AGLA o “los del llano” han quedado reducidos a libros especializados para un público determinado o algún reportaje periódico en los medios de comunicación. Tan solo algunas películas y un puñado de libros, unos novelados y otros no, se erigen como eje del recuerdo sin llegar a cumplir el objetivo de ser un reconocimiento debido por parte de nuestras generaciones. En este sentido cada cual debe observar su apartado de reconocimiento como debe serlo en el caso de figuras populares y colectivos políticos (incluyendo la realidad de aquellos -algunos aún vivos- que se colgaron medallas mientras los abandonaron a su suerte). Quizás porque ha pasado demasiado tiempo y acaso porque nosotros enterramos nuestra historia en nuevas costumbres, apenas se tiene conocimiento de lo que fue la vida de los que durante demasiados años vivieron escondidos o en el monte. Historias tan reales como sorprendentes, tan tristes como injustas que se van disipando en la memoria popular a mayor ritmo que, incluso, durante el franquismo, en que fueron combatidos con una dureza inusitada, tachados de bandidos y torturados, tanto ellos como sus familias. Porque, no olvide el apreciado lector, que no hay peor muerte que ser olvidado.

NOTICIAS CURIOSAS: "ARQUEOLOGÍA" ANTÁRTICA

HALLAN EN LA ANTÁRTIDA MANTEQUILLA CENTENARIA ABANDONADA POR EXPLORADORES

16-12-09 EFE. Sídney (Australia)

Arqueólogos de Nueva Zelanda hallaron en la Antártida dos bloques de mantequilla intactos de casi un siglo de antigüedad abandonados en el continente helado por la expedición fallida para llegar al Polo Sur del explorador británico Sir Robert Falcon Scott.

La mantequilla fue encontrada en unas bolsas esparcidas por el suelo de una tienda de campaña que utilizaron los hombres de Scott en la base de Cape Evans, informó hoy la televisión neozelandesa.

El extremo frío polar preservó el alimento, aunque la conservacionista Lizzie Meek aseguró que "el olor era tan fuerte que no estoy segura de si querría comérmela".

Scott lanzó desde Cape Evans su famosa expedición para ser el primer hombre en alcanzar el Polo Sur, al que tardó casi dos años en llegar.

Junto a cuatro de sus hombres, el explorador británico arribó finalmente al punto más meridional del planeta el 17 de enero de 1912, pero ya se le había adelantado por cinco semanas el noruego Roald Amundsen.

Después del fracaso, Scott y sus compañeros fallecieron durante el viaje de regreso.

Hace un mes, otro equipo neozelandés halló en la Antártida dos cajas de whisky escocés pertenecientes a una anterior expedición al continente helado liderada por el irlandés Ernest Shackleton.