LA VIDA PUEDE SER UNA ESTACIÓN
Por: Jorge E. Bermejo
Madrid cierra los ojos a su hermoso verano. Despierta al otoño, atolondrada y luminosa, en el teatro de la vida, que debe continuar. Extraño verano este que me pide que no olvide, que lo mire como otoño y lo sienta como primavera y no como verano que fue, que es. Curioso el ser humano, nunca está de acuerdo con lo que tiene en cada momento. ¿Y cuando llegue el invierno?. Cuando lo haga otras noticias ocuparán primera plana y aquellas que fueron historia acabaran en la hemeroteca cibernética.En los mentideros son comidilla la huelga general, la Trini y su aparato (¡político, of course!) que maneja Zapatero, o una que se casó con un torero y parece tener tirón electoral. Pero para mi Madrid se acostó verano, sin apagar la luz todavía, y ciertamente se levantó otoño. Al atardecer, como aquel que acostumbra a ello, cerré buena parte de mi vida a golpe de cañas y agua con gas.
Tan solo habían pasado unas horas de aquello, apenas un día, y mis pasos se perdían entre calles teñidas de gris, como la ceniza que moría en el cigarrillo, tal cual quedaría su corazón de brasa cuando todo se consumiese.Alguien me mira desde un viejo portal, su figura aparece apoyada contra el marco de madera como si de alguna manera quisiera evitar el derrumbe de un desvencijado edificio. ¡No hace nada!, no espera nada, simplemente está ahí. Probablemente ya estaba mucho antes que yo pasara por allí. Sintiéndome observado enfilé por la calle Don Pedro buscando Bailén bajo las farolas amarillas, esas luces de la lejanía que siempre marcan vida. Aquellas que me quedaba mirando en la oscuridad de la noche desde tu ventana elevada, entre las cortinas, o desde mi nostalgia escondida en una pertinaz sequía. Farolas o luces de una llama, velas que se consumieron cansadas de tanto alumbrar mientras mis pasos resuenan en el empedrado del Madrid antiguo, enigmáticos y solitarios en la calle de la noche. El paseo resulta refrescante. Sobre el Viaducto, forrado de cristales para evitar a los suicidas, recuerdo que pronto será el periodo del alma, el largo otoño en una estación que puede ser una vida... o más de diez.
Larra, don Mariano José, romántico y suicida, me mira desde su pedestal de piedra, ¡hasta él está negro de lo que sufre España!. Asoma su busto, porque no puede más, a la acera frente a la Almudena para exigir atención merecida entre tanta competencia histórica.
La vida puede ser una estación, o muchas, como las que se suceden en este Madrid vestido de gala para celebrar la reapertura de la calle Serrano. La Milla de Oro se reinventa y el barrio se viste de fiesta. Se acabaron las tediosas obras que sumieron tan señorial espacio en un susurro de pasadas grandezas. Esto es la Villa y Corte, los patios con ropa tendida y olor a suavizante, los pucheros desde media mañana, las cervezas con aperitivo y las tiendas más chic.
De nuevo cae la tarde, otra tarde. El sol se cuela perezoso entre el Palacio Real y nuestra catedral. Por ese hueco regala amarillos y anaranjados que se desparraman por el Campo del Moro y más allá, sobre todo un Madrid vestido bonito.
He subido dando un rodeo por el longevo Chamberí (y que sea por muchos años!), que tiene tanto que soportar. El distrito huele al alcanfort que emana de la Plaza de Chamberí, del gobierno que lleva demasiado tiempo arrodillado (¡de rodillo!), mucho más que el que le queda. Los madrileños, los chamberileros, dirán ¡basta ya! democráticamente.
Lentamente se percibe como aumenta el interés en nuevas formaciones políticas que desenquisten de alguna manera este chiringuitismo organizado.
Sé de buena tinta que una tertulia organizada recientemente por UPyD en el distrito congregó a más de setenta y cinco personas para tratar sobre los problemas de Madrid. El partido presentará su candidato a la alcaldía de la capital (igual para la Comunidad) tras celebrar unas primarias. Por cierto, se apuntan el tanto demostrando que cumplen con lo predicado.
Mientras escribía estas reflexiones me preguntaba como concluir dando un toque profundo a cuanto deseo comunicar. Algo más bien romántico, apropiado con el desarrollo del texto, a la sombra de mi ciudad y vestido de memoria. Supongo que no es difícil imaginar la belleza cuando se combinan esos tres condimentos explosivos. En absoluto será complicado sentir el sol y una mirada junto a un estanque, en la rosaleda del Parque del Oeste, por ejemplo. Cerrar los ojos y percibir la fotografía de la memoria, quizás sentado sobre la hierba, o escuchando la fuente. Del sueño de compartir el momento con quien más deseas al sueño de un ocaso distan algunas horas... nada si el tiempo vuela.
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